Tema 6 (Módulo V) – Consumado Es

Consumado Es

Profetizó el rey David: «…en mi sed me dieron a beber vinagre.» (Salm. 69:21) Sobre el Señor Jesús, antes de entregar el Espíritu, fue escrito: «Después de esto, viendo Jesús que ya todo estaba completado, dijo, de modo que la Escritura se completase: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la ofrecieron a la boca. Entonces, cuando Jesús recibió el vinagre, dijo: se ha completado. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.» (Juan 19:28-30) Todo ocurrió para que se cumpliesen las palabras de los profetas que anunciaron sobre la venida del Justo; nada ocurrió por azar, pues era necesario que se cumpliesen y que el Hijo fuese glorificado: «Esto habló Jesús, y levantando sus ojos al cielo, dijo: Padre, ha venido la hora; glorifica a tu Hijo, de modo que tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado autoridad sobre toda carne, de modo que dé vida eterna a todos los que le diste. Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesús Cristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado sobre la tierra: he concluido la obra que me diste para hacer.» (Juan 17:1-4) Sin sacrificio no hay victoria, y sin las 62 Conjuraciones que se cumplieron con el Mesías (Dan. 9:24-27) no habría venido la renovación a los cielos y a la Tierra: «Y el que estaba sentado sobre el trono, dijo: Mira, hago nuevo todo...» (Apoc. 21:5) Y también ha venido la salvación a los hombres por medio del paso al nuevo hombre: «De modo que si alguno está en Cristo, es nueva creación; lo antiguo ha pasado; ved, las cosas hechas nuevas.» (2ª Cor. 5:17)

 

Misión de Jesús

«Por tanto, el Señor, Él, os dará señal: He aquí, la virgen concebirá, y parirá un hijo, y llamará su nombre Imanu-el.» (Isaías 7:14) Así comenzó: «Y el nacimiento de Jesús Cristo fue así: Estando desposada Mariam su madre con Iosef, antes que se allegasen, se halló en su vientre que tenía del Espíritu Santo. Iosef, su marido, siendo recto y no deseando exponerla, determinó dejarla secretamente. Y considerando él esto, mirad, ángel del Señor le apareció en sueños, y le dijo: Iosef, hijo de David, no temas recibir a Mariam tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo viene. Y parirá un hijo, y llamarás su nombre Ihsous, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Y todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: Mirad, la virgen tendrá en su vientre y parirá hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.» (Mat. 1:18-23) María, realmente llamada Mariam, era virgen (griego: “parthenos”, o sea, doncella o señorita). Jesús nos presentó al Padre, es decir, sería “Dios con nosotros”: «Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi desgracia en los hombres. Y mes sexto el ángel Gabriel fue enviado por Dios a la ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón cual se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era Mariam.» (Luc. 1:25-27)

Todo esto se añade a la escritura de Isaías que dice: «Inclinad vuestro oído, y caminad hacia mí; oíd, y vivirán vuestras almas; y marcaré con vosotros pacto eterno, confirmación de la misericordia a David. He aquí testigo a los pueblos, por jefe y por maestro a las naciones. He aquí, llamarás a gente que no conociste, y gentes que no te conocieron correrán a ti, por causa de Iaheveh tu Dios, y del Santo de Israel que te ha glorificado.» (Isa. 55:3-5) Isaías fue el profeta más mesiánico de todos, y por ende, el más importante para anunciar la venida del Justo: «Y dijo una voz de Adonai, diciendo: ¿A quién enviaré, y quién irá de nosotros? Y dijo: Heme a mí, envíame a mí.» (Isa. 6:8) El Enviado (Shiloah) vendría y cambiaría todo (Gén. 49:10), incluyendo el reinado de Israel y de la Tierra, pero era necesario venir antes a salvar a su pueblo y a todos a los que llega la promesa (Juan 1:12). Vuelve a decir Isaías: «Y ahora pues, dice Iaheveh, [quien] me formó desde el vientre para ser su siervo, para regresarle a Jacob y le reuniré a Israel (glorificado seré en los ojos de Iaheveh, y el Dios mío será mi fuerza); y dice: Poco es para mí que seas mi siervo para levantar el cetro de Jacob, y guardar Israel retornándolo; y te he dado por luz a los gentiles, para ser mi salvación hasta el extremo de la Tierra. Así ha dicho Iaheveh, Redentor de Israel, su Santo, al menospreciado de alma, a la gente aborrecida, al siervo de gobernantes: lo verán reyes, y se levantarán jefes, y adorarán por causa de Iaheveh; pues fiel es el Santo de Israel, y su escogido.» (Isa. 49:5-7)

El Amado, el Ungido, vendría por los necesitados (Marc. 2:17 y Luc. 15:7) y afligidos: «Porque él librará al necesitado que clame [por salvación], y al pobre que no tiene ayuda. [Tendrá] compasión del débil y del necesitado, y salvará el alma de los necesitados. De injuria y violencia redimirá sus almas, y su sangre será preciosa en sus ojos.» (Salm. 72:12-14) El Mesías vendría por los menesterosos y afligidos de Israel –tanto en el ámbito literal como en el espiritual-: «Contaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la asamblea te alabaré. Temed a Iaheveh; alabadle, semilla de Jacob, glorificadle; y temblad de los suyos, toda semilla de Israel. Porque no menospreció ni detestó la aflicción del pobre, ni de él escondió su rostro; mas de su clamor [por salvación] a él, le oyó. De ti será mi alabanza en la mucha congregación; Mis votos completaré delante de los que le temen. Comerán los pobres, y serán saciados; Alabarán a Iaheveh los que le buscan; Vivirá vuestro corazón siempre. Se acordarán, y regresarán a Iaheveh todos los extremos de la Tierra, Y delante de tu rostro se inclinarán todas las familias de las naciones.» (Salm. 22:22-27) Primero el mensaje vendría para «las ovejas destruidas de la casa de Israel.» (Mat. 10:5-7; 15:23-28) y luego a los gentiles, por mano de los apóstoles (Hech. 1:8), pero especialmente de Pablo, a quien se le dio esta consigna explícita.

Sobre el año 700 a.C., fue escrito: «Espíritu de Adonai Iaheveh sobre mí, pues me ungió Iaheveh; me ha enviado a evangelizar al pobre, vendar a los quebrantados de corazón, a llamar a libertad a los cautivos, y abrir a los presos; a llamar año agradable para Iaheveh y día de venganza de nuestro Dios; a compadecerse de todos los enlutados; a poner a los enlutados de Tzion que se les dé gloria en lugar de ceniza, aceite de gozo en lugar de luto, manto de alabanza en lugar de espíritu angustiado; y serán llamados robles de la justicia, plantación de Iaheveh, para su gloria.» (Isa. 61:1-3) Sabemos que esta palabra fue cumplida por el Señor, el Cristo, y además el Espíritu Santo le llevó a leerla en la tierra donde creció: «Y regresó Jesús en el poder del Espíritu a Galilea, y se reveló el reporte por toda la vecindad circundante. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. Y vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día Shabat entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y desenrollando el libro, halló el lugar donde estaba escrito: Espíritu del Señor sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A proclamar libertad a los cautivos, y recobrar vista a los ciegos; enviar en libertad a los oprimidos; predicar año agradable del Señor.» (Luc. 4:14-19)

 

Una infancia conocida de antemano

Uno de los profetas menores escribió: «Y tú, Beit-Lejem Efratah, siendo pequeña entre miles de Judáh, de ti me saldrá el que regirá en Israel; y su salida es del inicio de los días de la eternidad. Pero no será dado hasta el tiempo que para la que [ha de] parir; y el resto de sus hermanos se volverá con los hijos de Israel. Y se pondrá y pastoreará en fuerza de Iaheveh, en exaltación del nombre Iaheveh, su Dios; y habitarán así ahora porque grande es hasta los extremos de la Tierra.» (Miq. 5:2-4) Así fue cumplido en días de Herodes: «Y cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, ved, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su astro hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Y oyendo el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y reunidos todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les inquirió dónde nacería el Ungido. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta: Y tú, Bet-Léem, tierra de Judáh, No eres la más pequeña en los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá el jefe, Que pastoreará a mi pueblo Israel.» (Mat. 2:1-6)

Se repitió entonces una masacre de infantes como la de Egipto: «Así ha dicho Iaheveh: Voz en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que lamenta por sus hijos, rehúsa consolación acerca de sus hijos, porque no están.» (Jer. 31:15) Esto también se cumplió en aquel tiempo: «Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, se cercioró del tiempo de la aparición del astro; y enviándolos a Belén, dijo: Id e inquirid acertadamente acerca del niño; y cuando le halléis, reportádmelo, de modo yo también vaya y le adore. Y habiendo oído al rey, se fueron […] Pero recibiendo instrucciones por sueños de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino. Partiendo ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. […] Entonces Herodes, viéndose burlado por los magos, se enojó grandemente, y mandó matar a todos los niños en Belén y en todos sus alrededores, de dos años abajo, conforme al tiempo que había inquirido de los sabios. Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz oída en Ramá, mucha lamentación y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron.» (Mat. 2:7-18)

El profeta Oseas avisó que el Mesías llegaría a la nación viniendo de Egipto, de donde sería “llamado”: «Pues Israel era joven, y lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo.» (Ose. 11:1) Así también fue contado por Matatiau: «Partiendo ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.» (Mat. 2:13-15) Y añadió otra profecía: «Y después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquelao reinaba sobre Judea en lugar de Herodes su padre, temió ir allá; pero siendo instruido en sueños, fue a la parte de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, de modo que se cumpliese lo dicho por los profetas, que sería llamado nazareno.» (Mat. 2:19-23)

 

Rey humilde y adorado

«Regocíjate extremadamente, hija de Tzion; vocifera, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, él humilde (pobre), y cabalgando sobre un asno, sobre un borriquillo hijo de asna.» (Zac. 9:9) Estas palabras de Zacarías se cumplieron en la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén: «Al siguiente día, grandes multitudes vinieron a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: No temas, hija de Tzion; Mira, tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna.» (Juan 12:12-15) Estas alabanzas las recibió para que se cumpliera en ello parte de lo escrito por David: «De boca de niños y de infantes, fundaste la fortaleza, a causa de tus rivales, para hacer cesar al enemigo y al vengativo.» (Sal. 8:2) Así Jesús lo recriminó a los religiosos: «Viendo los principales sacerdotes y los escribas, las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron, y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los infantes y de los que maman Perfeccionaste la alabanza?» (Mat. 21:15-16)

 

Celo por su casa

Profetizó el rey David: «Porque me consumió el celo de tu casa; Y los reproches de los que te reprochaban cayeron sobre mí.» (Sal. 69:9) Y así ocurrió cuando Jesús entró al Templo de Jerusalén: «Y estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén, y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado. Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me devoró.» (Juan 2:13-17) Matatiau lo escribió de la siguiente manera: «Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.» (Mat. 21:12-13) Jeremías había advertido de la perversión y mal uso que se desarrollaría en el Templo del Señor, aquello a lo que se refería Jesús: «He aquí, vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtando, matando, adulterando, jurando en falso, e incensando a Baal, y andando tras dioses extraños que no conocisteis, ¿vendréis y os pondréis delante de mí en esta casa sobre la cual es invocado mi nombre, y diréis: Librados somos; para seguir haciendo todas estas abominaciones? ¿Es cueva de violentos delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es invocado mi nombre? He aquí que también yo lo veo, dice Iaheveh.» (Jer. 7:8-11)

 

Hablará por parábolas

«Y hable a los profetas, y yo aumenté las visiones, y por mano de profetas [usé] paralelismos.» (Ose. 12:10) El Señor ha escondido sus mensajes por palabras y símbolos, y así lo cumplió enteramente con su Hijo: «Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.» (Mat. 13:10-11 y 13:35) Así se cumpliría la palabra de David: «Abriré mi boca en proverbios; expresaré enigmas de la antigüedad, Las cuales hemos oído y conocido; y nuestros padres nos contaron.» (Sal. 78:2-3) Y así fue hecho hasta el momento debido: «Esto os hablo en proverbios; la hora viene cuando ya no os hablaré por proverbios, sino que claramente os anunciaré concerniente al Padre.» (Juan 16:25)

 

Elías regresará

«Su Palabra al corazón de Jerusalén; llamadles porque su ejército está completado, porque pagará su iniquidad; porque tomará de la mano de Iaheveh el doble en todos sus pecados. Voz que llama en el desierto: Tornad camino a Iaheveh; enderezad senda en la estepa a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, e inclínese todo monte y collado; y lo torcido se nivele, y lo áspero se aplane. Y se descubrirá la gloria de Iaheveh, y toda carne juntamente le verá; porque la Palabra es la boca de Iaheveh.» (Isa. 40:2-5) El mensaje fue predicado por el emisario de Elías, como lo advirtió Isaías: «Y respondiendo Jesús, les dijo: efectivamente, Elías viene primero, y restaurará todo. Pero os digo que Elías ya vino, y no lo supieron, e hicieron en él tanto como desearon; así será el Hijo del Hombre, sufrirá por ellos. Entonces los discípulos entendieron que les habló concerniente a Juan el Bautista.» (Mat. 17:11-13) Así que Elías debe venir de nuevo aunque ya había venido por medio de Juan.

Esto lo vaticinó Malaquías: «He aquí, yo os envío el profeta Elías, ante la venida del día grande y terrible de Iaheveh. Y volverá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, no sea que venga y destruya la Tierra con ardor.» (Mal. 4:5-6) Claramente lo dijo Jesús: «Y si deseáis recibirle, él es Elías que debía venir.» (Mat. 11:14) Así pues se cumplió la preparación del camino para el Señor: «Principio del evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios. Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío mi ángel delante de tu cara, cual preparará tu camino delante de ti. Voz clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; haced rectas sus sendas. Estaba bautizando Juan en el desierto, y proclamaba sumergirse en arrepentimiento para remisión de pecados.» (Marc. 1:1-4) Pero ciertamente Elías regresará con Enoc «antes que venga el día» de la ira (Zac. 4:3-14 y Apoc. 3:13 y 11:3), tras antaño haber sido transportados físicamente al cielo. El uno sucede al otro, y cumple otra profecía: «Y oyendo Jesús que Juan estaba preso, partió a Galilea; y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaúm, la marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, de modo que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, diciendo: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino marítimo, más allá del Jordán, Galilea de los gentiles; El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en país y sombra de muerte, Luz les resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a proclamar, y decir: Arrepentíos, porque se ha acercado el reino de los cielos.» (Mat. 4:12-17 e Isa. 9:2)

 

No creen a Juan ni a Jesús

Isaías y David profetizaron que sólo recibirán este mensaje los enfermos, humildes y menesterosos: «¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha descubierto el brazo de Iaheveh?» (Isa. 53:1) Los religiosos no quisieron se bautizados por Juan ni aceptaron el evangelio de Jesús ni de sus discípulos: «Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su inmersión, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os indicó huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir en vosotros mismos: padre tenemos en Abraham; porque os digo que Dios tiene poder de levantar descendencia a Abraham de estas piedras.» (Mat. 3:7-9) Y esto lo recalcó Jesús a los religiosos «Porque vino Juan, ni comiendo ni bebiendo, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, comiendo y bebiendo, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de recaudadores y de pecadores. Mas la sabiduría es justificada por sus obreros.» (Mat. 11:18-19)

Y en el Templo dijo a los que le asechaban: «Porque vino a vosotros Juan en camino de rectitud, y no le creísteis; pero los recaudadores y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.» (Mat. 21:32) Lo mismo que ellos comprendieron por sí mismos al tentarle: «El bautismo de Juan, ¿era del cielo, o de los hombres? Respondedme. Y ellos analizaban entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis?» (Marc. 11:30-31) Juan aclaró que él no era el Mesías pero que él preparaba su camino, el camino para aquel que era más grande que él: «Y muchos venían a él, y decían que Juan, claramente, ningún signo hizo; pero todo lo que Juan dijo concerniente a éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí.» (Juan 10:41-42) Pero aún con todo, Dios trajo su misericordia sobre las naciones, así como sobre Israel, para cumplir su palabra. A pesar de esto, nada dejó de suceder como se había dicho sobre el Ungido: «por la rebelión de mi pueblo fue herido.» (Isa. 53:8)

 

Es traicionado y se dispersan las ovejas

Jesús sabía quién era Judas, pues le puso como administrador del dinero del grupo, aún cuando era ladrón y sustraía de los fondos (Juan 12:6). También era necesario que Jesús fuese rechazado por los líderes de Judá y escarnecido, desde antes del complot para asesinarle: «Unidos susurran contra mí todos los que me odian; consideran mal contra mí: palabra de Belial se ha esparcido en él; Y el que se postró no se repondrá para levantarse. También varón en paz conmigo, en quien yo confiaba, el que comiendo mi pan, engrandeció contra mí el calcañar. Mas tú, Iaheveh, ten gracia conmigo, y levántame…» (Sal. 41:7-10) Esto fue cumplido la noche de la última Pascua del grupo completo: «Dicho Jesús esto, se turbó en espíritu, y testificó y dijo: Verdad, verdad os digo, que uno de vosotros me va a entregar. Entonces los discípulos se miraban unos a otros, perplejos concerniente a quién hablaba. Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba reclinado en el pecho de Jesús. A éste, entonces, hizo señas Simón Pedro, para que inquiriese quién era aquel de quien hablaba. Él entonces, recostado cerca del pecho de Jesús, le dijo: Señor, ¿quién es? Respondió Jesús: A quien yo hundiese el bocado. Y hundiendo el bocado, lo dio a Judas Simón Iscariote. Y después del bocado fue que Satanás entró. Entonces Jesús le dijo: Lo que vas a hacer, hazlo rápido.» (Juan 13:21-27)

Esto tuvo lugar horas más tarde: «Mientras él aún hablaba, he aquí una multitud; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó a Jesús para besarle. Pero Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» (Luc. 22:47-48) Judas, al comprender lo que había hecho, trató de ahorcarse, pero no se le permitió, para que no fuese sin culpa, como dijo el Señor: «A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.» (Marc. 14:21) Jesús perdonó a Judas en su corazón, pero Iaheveh no dejaría la culpa del Iscariote impune: «[sea puesto otro y] tome la porción de este ministerio y misión, de la cual transgredió Judas, para irse a su propio lugar.» (Hech. 1:25) Por eso Judas trató de ahorcarse y no pudo, mas bien la rama de la que se ató se partió y cayó por un peñasco: «Varones hermanos, era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló previamente por boca de David concerniente a Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, siendo contado con nosotros, y recibía porción en este ministerio. Éste, pues, con la recompensa de su iniquidad adquirió un campo, y vino de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron. Y fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Jakel-damá, que quiere decir, Campo de sangre. Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su residencia, Y no haya quien habite en ella; y: Tome otro su oficio.» (Hech. 1:16-20)

Así, todo esto se confirma si nos vamos a los salmos: «Porque boca de criminal y boca de engañador se han abierto contra mí; sus palabras de mí con lengua falsa; y palabras de odio me han rodeado, y pelearon contra mí sin causa. Respuesta a mi amor me han sido adversarios; y yo oraba. Me devuelven mal por bien, y odio por amor. Visita al criminal, y oposición pon a su derecha. En el juicio salga criminal; Y su oración sea para pecado. Sean sus días pocos; Tome otro su oficio.» (Sal. 109:2-8) Y esto de las piezas de plata fue también registrado: «Y les dije: Si bien a vuestros ojos, dadme mi recompensa; y si no, dejadlo. Y pesaron como mi recompensa treinta [piezas de] plata. Y me dijo Iaheveh: Échalo al alfarero; ¡magnífico precio sobre el que me han apreciado! Y tomé las treinta [piezas] de plata, y las eché casa de Iaheveh al alfarero.» (Zac. 11:12-13)

Otro relato refleja: «Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó. Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre. Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.» (Mat. 27:3-10)

Entonces, cuando vinieron a capturar al Señor el miedo se apoderó de los discípulos: «Espada, levántate contra el pastor y contra el caballero que me acompaña, dice Iaheveh Tzabaot. Hiere al pastor y serán dispersadas las ovejas; y volveré mi mano contra los insignificantes.» (Zac. 13:7) Jesús profetizó que todos sus discípulos entrarían en shock esa noche y huirían desconcertados y perdidos: «Cuando hubieron cantado [el himno], salieron al monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo que todos se escandalizarían de él esa noche; como está escrito: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas. Pero después que me haya Levantado, iré delante de vosotros a Galilea.» (Marc. 14:26-28) Así se cumplió: «Y respondiendo Jesús, les dijo: ¿Como sobre un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día estaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis; pero es para que se cumplan las Escrituras. Y todos los discípulos, dejándole, huyeron. Pero cierto joven le seguía, cubriendo su desnudez con una túnica; y le prendieron; mas él, dejando la túnica, huyó desnudo.» (Marc. 14:48-52)

Jesús predijo todo lo que ocurriría de antemano: «Mirad, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que lo ridiculicen, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día se levantará.» (Mat. 20:18-19) Había pleno conocimiento anticipado de lo que ocurriría con el Cristo: «…éste, entregado por el determinado consejo y pre-conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, colgándole…» (Hech. 2:23) Jesús sabía lo que le iba a acontecer desde tiempo atrás, y los detalles algunos piensan los recibiría de Enoc y de Elías (Mat. 17:1-6) –los testigos presentes confundieron a Enoc con Moisés, por mera tradición (Marc. 9:9-10)-, antes de disponer su viaje a Jerusalén, cuando ya sus discípulos sabían abiertamente que él era el Mesías: «Y tomando a los doce, les dijo: Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas del Hijo del Hombre por los profetas. Pues será entregado a los gentiles, y ridiculizado, e insultado, y escupido. Y azotado le matarán; y al tercer día se levantará. Y ellos nada de esto entendieron, y esta palabra les era encubierta, y no sabían lo que se les decía.» (Luc. 18:31-34)

 

Maltratado y desfigurado

Nadie podía discutir delante de él: «Y saldrá vara del tronco de Isaí, y emergerá fruto de sus raíces. Y reposará sobre él Espíritu Iaheveh, Espíritu Sabiduría y Entendimiento, Espíritu Consejo y Poder, Espíritu de Conocimiento y Temor Iaheveh. Y será amplio en el temor de Iaheveh. No juzgará según la apariencia de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; mas juzgará con justicia a los débiles, y argüirá con equidad por los aflijidos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.» (Isa. 11:1-4) Aquí se habla de que ha de provenir del linaje de David (Mat. 1:6-16), como se vio en José, quien le cubre la paternidad. Sus palabras dejaban atónitos a todos desde su niñez: «Y el niño crecía y fortalecía en espíritu, llenándose de sabiduría; y gracia de Dios era sobre él […] Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los maestros, y los oía y les preguntaba. Y todos los que le oían, se maravillaban sobre su entendimiento y sus respuestas.» (Luc. 2:40-47) Esto se reitera: «Jesús avanzaba [en] sabiduría y madurez, y en gracia con Dios y hombres.» (Luc. 2:52)

Así, muchos callaron ante él, y no eran capaces de entablar debate delante suyo (Mateo 22:46 y 21:25-27, Marcos 12:34, Juan 8:7-9 y Lucas 20:26). Y se cumple así otra profecía que dice: «He aquí mi siervo, le sostendré; mi escogido, en quien mi alma se agrada; le di mi Espíritu, sobre él; él traerá juicio a las naciones. No gritará, y no se levantará, y no la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por la verdad traerá juicio. No desmayará y no se partirá hasta que ponga juicio en la tierra; y su ley esperarán las costas.» (Isa. 42:1-4) Y cuando Juan le bautizó, para cumplir la palabra, recibió “el Espíritu” de Dios, y fue oído: «…Éste es mi Hijo amado, en cual me agrado.» (Mat. 3:17) Esto se repitió en la visita de Enoc y Elías (Mateo 17:5 y 2ª Pero 1:17-18)

«Como se horrorizaron de ti muchos, de tal manera fue desfigurada de los varones su apariencia, y su forma entre los hijos de los hombres, así se asombrarán muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que no les fue contado, y discernirán lo que no habían oído.» (Isa. 52:14-15) Así fue, y así le hicieron los romanos: «Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y le cubrían para golpearle la cara, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién te golpeó? Y le decían otras muchas blasfemias.» (Luc. 22:63-65) También fue escrito: «Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la cohorte; y desnudándole, le echaron encima un manto escarlata, y le trenzaron una corona de espinas, poniéndosela sobre la cabeza, y una caña a su derecha; y arrodillándose delante de él, se burlaban, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.» (Mat. 27:27-30) Pasados los siglos esa sería la imagen que el mundo recordaría de él y como le plasmarían en plazas e iglesias: con una corona de espinas, sangrando, crucificado, “herido por Dios y afligido”: «…no hay forma en él, ni esplendor; y le veremos, y no tendrá apariencia ni le desearemos. Despreciado y desechado de los varones, varón de dolores, y sabedor del sufrimiento; y cómo que escondimos el rostro, le despreciamos, y no lo valoramos.» (Isa. 53:2-3) Y sobre esto siguió añadiendo que «…nosotros le consideramos herido, golpeado por Dios y afligido.» (Isa. 53:4)

 

Pagó el precio por nuestra soberbia

«Y él herido fue por nuestras rebeliones, aplastado por nuestra iniquidad; la corrección de nuestra paz fue sobre él, y en su alianza nos sanó.» (Isa. 53:5) Y así lo recordó Saulo al decir que «fuimos comprados por precio» (1ª Cor. 6:20 y 7:23), y el pago fue el sufrimiento del Hijo de Dios: «E Iaheveh deseó quebrantarlo en la debilidad. Si pone su alma como ofrenda, verá semilla que prolongará sus días, y la voluntad de Iaheveh será en su mano prosperada. Su alma se verá satisfecha de su tarea; en su conocimiento justificará siervos justos a muchos, y cargará sus iniquidades. Por tanto, le daré porción entre los grandes, y con los poderosos dividirá botín; por cuanto derramó su alma hasta la muerte…» (Isa. 53:10-12) Su “Pasión” también la recalcó Isaías narrando que «Oprimido, y él afligido, y no abrió su boca; como cordero entregado al sacrificio; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.» (Isa. 53:7) Un ejemplo de su silencio: «Y Herodes, viendo a Jesús, se alegró grandemente, porque deseaba verle considerablemente; pues había oído mucho concerniente a él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le preguntaba en bastantes palabras, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole vehementemente. Entonces Herodes le desdeñó y se burló con sus soldados, vistiéndole de una ropa espléndida; y regresándolo a Pilato.» (Luc. 23:8-11)

Otro ejemplo está en Mateo, donde reza: «…Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué testifican éstos contra ti? Y Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te adjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Ungido, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del poder, y viniendo en las nubes del cielo.» (Mat. 26:62-64) Y añade: «Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba grandemente.» (Mat. 27:13-14) Como vemos, igualmente Isaías avisó que sería asesinado, igual que le fue dicho a Daniel en Babilonia: «Y después de las sesenta y dos conjuraciones se cortará al Mesías, y no lo tendrán…» (Dan. 9:26) Dijo claramente el ángel Gabriel: “no por sí”, o sea, su muerte no sería sin razón de peso, sin sentido, sino que habría un propósito importante con ella.

Una frase que ha sido de gran discusión aparece en el momento en que Cristo va a morir y está a punto de descender al Hades: «Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?” Que traducido es: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado?” Y algunos de los presentes decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías.» (Marc. 15:34-35) Así lo citó David al menos 10 siglos antes: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has dejado, distante de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?» (Sal. 22:1) Dios no le abandonó, sino que Jesús, en ese momento, no se sintió amparado por el Padre, ya que con pesar le había vuelto la cara. Desde la noche anterior el Padre, con el dolor del alma, tuvo que negarse a socorrer a su Hijo, y con esto Jesús “aprendió la obediencia” y “fue perfeccionado” (Heb. 5:8-9). El Padre no podía soportar ni contemplar a su Hijo en esa situación ni el abominable hecho de verle morir y entrar al mundo de los muertos. Eso lo experimentó el Señor Jesús en ese momento y se sintió solo, aumentando esto su ya enorme angustia y aflicción.

Mientras esto ocurría, aún sus prendas eran sorteadas: «Dividieron para ellos mis vestidos, y sobre mi ropa lanzaron suertes.» (Sal. 22:18) Esto fue así aquel día: «Entonces los soldados, cuando crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, tomaron la túnica. Y la túnica era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre ellos: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Dividieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados.» (Juan 19:23-24) Llevado ante el concilio, habiendo sobornado a mucha gente y capturándole le sentenciaron: «Y yo soy gusano, y no varón; hombre de reproche, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven se burlan de mí; Estiran los labios, menean la cabeza: Se enrolló en Iaheveh; líbrele; Sáquele, que en él se complacía.» (Sal. 22:6-8) Cuando estaba en la cruz así le decían: «Y el pueblo mantenía contemplando; y aun los gobernantes le ridiculizaban, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Ungido, el escogido de Dios. Los soldados también se burlaban, acercándose y ofreciéndole vinagre, y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» (Luc. 23:35-37)

También se le puso con dos ladrones, pero no le sepultaron como criminal: uno de los discípulos de Jesús (Juan 19:38), José, de la región de Arimatea, un hombre rico, «presente en el concilio, varón bueno y justo. Éste, que también esperaba el reino de Dios, y no estaba de acuerdo en el acuerdo ni en los hechos de ellos, fue a Pilatos, y pidió el cuerpo de Jesús.» (Luc. 23:50-52) Y todo esto fue anunciado por el profeta mesiánico: «Y se determinó con culpables su tumba, mas con rico fue su muerte; aunque nunca hizo violencia, ni engaño en su boca.» (Isa. 53:9) Y la historia de los ladrones la conocemos: «Y uno de los criminales colgados le blasfemaba, diciendo: Si tú eres el Ungido, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en el mismo juicio? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Recuérdame, Señor, cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: Verdaderamente te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.» (Luc. 23:39-43) Isaías también la volvió a citar anunciando que «contado con los rebeldes y entregado con los transgresores, mas él cargó el pecado de muchos.» (Isa. 53:12)

Sobre aquellas últimas horas en el Gólgota, David dijo de él: «He sido derramado como aguas, y se han separado todos mis huesos; Mi corazón fue como cera, derritiéndose dentro de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi fuerza, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me pusiste en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; Me ha cercado asamblea de malvados; Horadaron mis manos y mis pies. Cuento todos mis huesos; Ellos me miran y me observan.» (Sal. 22:14-17) El corazón de Jesús fue científicamente derretido, técnicamente, le clavaron las manos y los pies al madero, pero no le rompieron ningún hueso. Juan, el hijo de Zebedeo, escribió igualmente: «Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, para no dejar los cuerpo en la cruz en la preparación del Shabat (porque era gran día de Shabat), pidieron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, e inmediatamente salió sangre y agua. Y el que lo vio testifica, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.» (Juan 19:31-37)

La palabra de Zacarías en el libro de los Nebiím: «Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los asentado en Jerusalén, espíritu de gracia y de súplicas; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y se lamentarán por él como el lamento por el unigénito, y se afligirán por él como la aflicción por el primogénito.» (Zac. 12:10) Y así volverá a ocurrir con la casa de Israel cuando el Mesías regrese: «Mirad, viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todas las tribus de la tierra harán lamentación por él. Ciertamente, amén.» (Apoc. 1:7) Vemos que el rey David también supo que le agujerearían las manos y los pies, un hecho que incluso Jesús mostró a Tomás al resucitar, dejándole ver las “manos y pies” en su segunda manifestación a los discípulos, para que se dieran cuenta que no era un fantasma sino que efectivamente había resucitado: «Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la marca de los clavos, y metiere mi dedo en la marca de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.» (Juan 20:25)

 

Su alma no quedaría en el Hades

Era propio de Jesús pasar la noche en vela conversando con su Padre: «…pasó [toda] la noche orando a Dios.» (Luc. 6:12) También esto dijo David, además de anunciar que se levantaría de entre los muertos: «Bendeciré a Iaheveh quien me aconseja; Aun en las noches me corrige internamente. He colocado continuamente a Iaheveh delante de mí; Porque está a mi derecha, no tambalearé. Por tanto, se regocijó mi corazón, y se gozó mi gloria-lengua; Mi carne también morará seguramente; Porque no dejarás mi alma al Sheol, Ni darás a tu piadoso ver corrupción. Me [harás] conocer la senda de las vidas; En tu rostro hay plenitud de gozo; Delicias a tu derecha perenne.» (Sal. 16:7-11) David profetizó varias veces de la resurrección del Señor Jesús: «Iaheveh, elevaste mi alma del Sheol; Me vivificaste de los que bajan al pozo.» (Sal. 30:3) Y también: «Porque tu misericordia es grande conmigo, Y has librado mi alma de las profundidades del Sheol.» (Sal. 86:13) Y a esto se sumó Oseas al decir: «Nos dará vida de días; en el tercer día nos levantará, y viviremos en su rostro.» (Ose. 6:2) Días antes Jesús lo anunció de sí mismo también: «Entonces respondieron algunos de los escribas y fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti signo. Él respondió y les dijo: Generación mala y adúltera busca signo; pero signo no le será dado, sino el signo del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches.» (Mat. 12:38-40) Y Juan Zebedeo escribió: «Y los judíos respondieron y le dijeron: ¿Qué signo nos muestras, ya que haces esto? Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Dijeron entonces los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y tú en tres días lo levantarás? Pero él hablaba concerniente al templo de su cuerpo.» (Juan 2:18-21)

Así se cumplió, y tres días después de su padecimiento y muerte, apareció en carne y huesos, tras mostrarse a las mujeres que fueron al sepulcro y a unos discípulos que iban por el camino: «Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros. Mas, aterrorizados y atemorizados, vinieron a pensar que contemplaban un espíritu. Y les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y salen de vuestros corazones estos razonamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; que un espíritu no tiene carne ni huesos, como contempláis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, eran incrédulos, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado y de panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. Y les dijo: Éstas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito concerniente a mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió [completamente] la mente, para que entendieran las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Ungido sufriera, y se levantara de los muertos al tercer día; y que se proclamase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» (Luc. 24:36-47)

 

Es llevado al cielo

«De retención y de juicio fue cogido; y de su generación, ¿quién meditará en ello? Porque fue cortado de la Tierra de las vidas…» (Isa. 53:8) Así se cumplió cuando, pasados 40 días de su resurrección, se despidió y fue subido al cielo, como Elías y Enoc: «Y dicho esto, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube de sus ojos. Y fijándose ellos en el cielo, yéndose él, y he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá de la manera como le contempláis yendo al cielo.» (Hech. 1:9-11) Ciertamente, al resucitar, también resucitaron muchos con él (Mat. 27:51-53 y 1ª Cor. 15:25), santos profetas y niños inocentes (Apoc. 7:4-8 y 14:3-5), y se mostraron a la gente, y luego subieron con él al tiempo que dejaba “instrumentos” para sus siervos, para la obra de Dios: «Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, capturó cautivos, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también descendió primero a las partes [más] bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para completarlo todo.» (Ef. 4:8-10) Esto lo sacó Pablo de los salmos de David: «Te elevaste a las Alturas, capturaste cautivos, tomaste regalos en Adán, y también supervisores, para que more Yah Elohim.» (Sal. 68:18)

 

El derramamiento del Espíritu de Dios

Jesús se iba, pero no nos dejaría solos (Juan 14:16), sino que dejaría al Espíritu de Verdad (Juan 15:26 y 16:13), para guiarnos: «Arrepentíos ante mi reprensión; He aquí, derramaré mi Espíritu sobre vosotros, y sabréis mis palabras en vosotros.» (Prov. 1:23) Salomón solo refirió un ápice de la profecía de Joel, que engloba una etapa larga y de muchos sucesos desde los días de los primeros apóstoles: «Y será después de esto [que] derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.» (Joel 2:28-29) Igualmente Jesús hizo esta promesa que confirmaba la profecía: «Y les dijo: No está en vosotros saber los tiempos o los periodos, que el Padre puso en su propia autoridad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra.» (Hech. 1:7-8)

Y sabemos que esto comenzó a ocurrir con la caída del Espíritu Santo, diez días después de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo: «Y en la llegada del día de Pentecostés (Shabat de Shabuot), estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un sonido como de un viento violento que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados; y se vieron lenguas distribuidas, como fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y se llenaron todos del Espíritu Santo, y empezaron a hablar en otros idiomas, como el Espíritu les daba que declarasen.» (Hech. 2:1-4) Y hablaron con denuedo a la multitud en muchos idiomas, y Pedro avanzó y dijo a los incrédulos: «…Varones judíos, y todos los que habitáis Jerusalén, esto os sea conocido, y oíd mis palabras. Porque éstos no están borrachos, como vosotros asumís, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y será en los últimos días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños; Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.» (Hech. 2:14-18)

 

Jerusalén arrasada

Los que conspiraron contra Jesús, recibirían por pago, no solo su propia condenación, sino la destrucción de su habitación (el Templo y Jerusalén entre el 60-67 d.C. y luego toda Israel en el 135 d.C.): «Mi alma está apegada a ti; tu derecha me sostenido detrás. Y aquellos que para destrucción buscaron mi alma irán en los [sitios] bajos de la Tierra. Los esparcirán a espada de mano; Serán porción de los zorros.» (Sal. 63:8-10) Antes de su “Pasión”, el Señor Jesucristo advirtió el futuro, no sólo de sus discípulos (Mateo 5:11; 10:17-22 y 24:9), sino de los que creerían en él, sobre su regreso, sobre la destrucción del Templo y sobre el sitio a Jerusalén –el cual se repetirá. Lo primero sería la persecución a los misioneros y creyentes en general (Hech. 8:1; 11:19; 13:50, 1ª Cor. 4:12, Gál. 5:11; 6:12 y Apoc. 6:10; 12:11), resumido en que «…también todos los que desean vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos…» (2ª Tim. 3:12)

Lo siguiente sería la destrucción del Templo y la ciudad santa: «Y cuando se acercó, viendo la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te atrincherarán y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación.» (Luc. 19:41-44) Esto confirmó a sus discípulos (Luc. 21:6) y a las mujeres que lloraban por su suplicio (Luc. 23:28). Había sido advertido por más profetas, entre ellos Daniel, quien dijo que tras la muerte del Mesías «la ciudad y el santo serán arruinados [por un] pueblo [de un] príncipe que vendrá; y su fin [será] en inundación, y hasta el fin de la guerra se decidirán las desolaciones.» (Dan. 9:26) Así sucedió con Israel por mano de los romanos y así continuaron “las devastaciones”, y continuarán “hasta el fin de la guerra” de Armagedón. No habrá paz en esa tierra hasta que comience el Milenio del Mesías, Jesús, en su regreso glorioso desde el aire, donde –en esa tierra- reinará con sus escogidos (Sal. 2:9 y Apoc. 12:5; 19:15).

También escribió Isaías: «Y ahora, os haré saber ahora lo que haré yo a mi viña: Torceré su vallado, y será quemada; haré brecha en su vallado [de piedra], y será hollada. Le haré cesar; y no será podada ni cavada, y se elevará el cardo y los espinos; y aun a las nubes [densas] mandaré que no lluevan lluvia sobre ella.» (Isa. 5:5-6) Y volvió a vaticinar sobre el postrer estado y en siglos más adelante: «Y arruinada y desolada, y tierra de destrucción, porque ahora será estrecha por los asentados, y los que te han tragado se irán lejos.» (Isa. 49:19) En todo ese tiempo, desde el ayer, el despertar del mensaje crístico, hasta la llegada del Justo, el evangelio sería predicado al mundo, como también muchos profetas lo encriptaron en la Escritura, y esto llevaría al nacimiento de una “nueva nación” (la congregación de Cristo), que no es de sangre ni carne (linaje o nacionalidad concreta): «Semilla le servirá; contado de Adonai por generación. Vendrán y declararán su justicia; A pueblo nacido que hizo.» (Sal. 22:30-31) Ahora esperamos la profecía de su regreso, para “sacar a sus escogidos”, y 3 años y medio después, venir para heredar con él el Reino en la Tierra (Sal. 68:17, Isa. 32:1, Miq. 4:7, Luc. 1:33, Apoc. 11:15; 21:2).

 

Frederick Guttmann R.

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