Tema 5 (Módulo V) – Creer en Jesús y seguirle

¿Qué es “aceptar a Jesús”? ¿Qué hay que “aceptar” de Jesús o concerniente a él? ¿Qué se supone que hay que entender con respecto de “Jesús”? La idea de “aceptar” a Jesús radica en darle cabida en la vida de uno, pero sabiendo qué implica, qué significa y quién es él, y la parte que tenemos en este estilo de vida. Se puede “aceptar” la existencia de Jesús, pero la Escritura no habla de aceptar sino de “creer” y “recibir”, para lo cual, antes que nada, hay que “conocer”. ¿Puede alguno creer en otra persona a la cual no conoce o de la cual no sabe nada? Creer implica confianza y convicción, que son elementos que se forjan comenzando por una información recibida y fortaleciéndose a razón de experiencias personales. Para aceptar o rechazar a Jesús es necesario saber quién es y por qué ha de ser “aceptado” (2ª Pe. 3:18), mientras quien cree ciegamente en algo, fácilmente es persuadido después a olvidarse del porqué aceptó algo o lo creyó. Una certeza arraiga una creencia, y por ello presentar a Jesús debe ir de la mano de la oración, para que el Espíritu Santo complemente el mensaje con la parte “sobrenatural” de la experiencia personal (Sal. 127:1 y Hech. 2:44-47). Ergo, hemos de enfocar este elemento desde la perspectiva de “recibir” a Jesús, pues si llega al individuo el mensaje, entonces le conviene “recibirle”.

 

Un Señor y Salvador

Hay que recibir a Jesús como “Señor” y “Salvador”, creyéndole y viviendo según él. Pero, ¿qué se pretende dar a entender con “señor”? Y ¿En qué consiste la Salvación? La idea de “señor” radica en alguien a quien se es sometido, para obedecerle, dado su cargo o título (Juan 13:13). Esto implica la sujeción a las directrices y parámetros que Jesús establece –no las de humanos o religiones (Col. 2:20-23)-, para lo cual existe ya un precedente: una serie específica de mandamientos que él enseñó y que se recogen en los “Evangelios”. ¿Tengo que aceptarle como señor y como salvador? No se trata de “resignación” a que así son los hechos, o de respeto y tolerancia, sino de creer que es verdad, para dar un paso hacia adelante –e iniciarse en este tipo de vida-: morir al hombre que está destinado al Juicio para ser juzgado por sus obras (Juan 3:5-7), y nacer como una criatura espiritual (1ª Pe. 2:5). Todo ser humano comparecerá ante un tribunal en determinado momento, y Jesús ha sido puesto como el Juez (Hech. 10:42), dado que ganó este derecho viviendo como humano y sobrepasando toda tentación (Heb. 4:15). En él radica salvar o no de ese Juicio y la posterior determinación de los jueces con respecto del alma y postrer existencia del hombre.

Jesús ha sido puesto como Señor sobre todas las cosas, o sea, recibe el poder de enseñorear sobre toda la Creación, ganando principal derecho sobre aquello en lo que dominaban autoridades y principados, toda vez que bajo sus leyes los venció durante su experiencia de vida física en la Tierra. Es el Salvador del mundo, pues ha redimido a la raza humana con su propia vida, muriendo por libertar al hombre, y haciéndose asimismo señor de la muerte; más es señor de la vida, también, puesto que es el primogénito de los muertos resucitados. Salva al hombre de la muerte física, y promete, bajo la observancia de sus mandamientos, la vía recta para ser salvos de la muerte espiritual, tanto durante nuestro paso por este mundo, como para heredar el venidero.

 

¿Creyente o Seguidor?

Creer en la existencia de Jesús o su ministerio no conlleva la participación en la Vida Eterna. Aunque muchos digan creer en Jesús, por muy grande que sea su convicción, no cambia nada si no actúa en consecuencia con la verdad (entre más crea que sabe o que “cree”, más vergonzoso es el hecho de que no obre en conformidad con las palabras de Jesús). Unos son los que creen y otros los que saben. Unos son los que viven en la teoría y otros los que viven en la práctica. Unos son los que idealizan e idolatran a Jesús y otros los que ponen en práctica sus enseñanzas (Luc. 6:46). No serán los creyentes los que tomen parte en las promesas del Reino de Dios, cuando Jesús tome el trono definitivamente, sino sus seguidores, es decir, los que siguen sus principios y los ponen en ejecución diariamente (Ef. 2:10). Aunque se esté bautizado en Cristo, aunque se crea que resucitó de los muertos y ascendió al Cielos, aunque se crea que regresará para reinar, aunque se crea en su predicación y en sus milagros, aunque se crea que es hijo de Dios, nada tiene validez para heredar la Vida Eterna salvo que se viva en: 1) Abstinencia del mundo y sus contaminaciones, 2) Obrando a favor del necesitado (Mat. 25:31-46), 3) Poner en prácticas las palabras que Jesús enseñó. Creer o saber, sin hacer es considerado maldad (Sant. 4:16).

 

¿Por qué debería creer en Jesús?

¿Qué es el nombre Jesús? Jesús es la transformación latina del hebreo Yeshua o Yehoshua, que significa “salvación”, del verbo “Lehoshía”. ¿Por qué le fue dado ese nombre? Porque salvaría a su “pueblo” de sus pecados. ¿Qué es el pecado? Pecado es una palabra de origen latín, Pecatus, y significa “transgresión”. Una transgresión es la violación de una ley, infringir un estatuto. Las normas morales y de conducta, puestas a los antiguos, si se incumplían conllevaban castigos. El fin de las leyes era evitar las injusticias y mantener el orden, además de fijar símbolos representativos que identifican secretamente cosas celestiales que aducen al Reino Venidero. ¿Por qué es malo el pecado? Como bien refirió Pablo, existen fuerzas de oscuridad definidas en las traducciones al español como principados y autoridades o potestades (Ef. 6:12). Sus emisarios, considerados dentro del orden de lo denominado “demonios”, personifican cada mal y desgracia, y todo lo que es desacorde a la armonía universal, es propio de ellos y creado por ellos. Al realizar cualquiera de las obras que les pertenecen, al ser de ellos, se les debe. Las autoridades y principados han pretendido que el hombre sea influido a malas acciones para que, colmándose de deudas ante estas entidades oscuras, su alma les pertenezca, y puedan causarle desgracias en vida y apoderarse de su alma tras abandonar el cuerpo.

¿En qué sentido es, pues, Jesús el libertador y salvador? Los hebreos esperaban al Ungido como libertador y salvador de la tiranía foránea, la terrestre, mas no de las cargas de las transgresiones. Por eso no le reconocieron cuando vino entre ellos. De nada sirve liberar a un pueblo de una tiranía terrestre –momentánea-, si el alma –técnicamente eterna- se pierde. Jesús dio su vida y sangre como pago por la liberación de muchos. ¿Por qué tiene que haber sangre y sacrificio de por medio? Cuando la Tierra fue maldecida, los principados y potestades fueron deportados al Abismo, y tanto ellos como sus emisarios oscuros introdujeron al mundo la idea de la intervención de sangre para, a través de ciertas prácticas, ellos pudiesen adquirir poder y materializarse. Esta abominable creencia dio lugar a multitud de leyendas y ritos y ceremonias. Para que los israelitas pudiesen limpiar sus deudas a los malignos y librarse de su atadura, se realizaban sacrificios de animales por cosas particulares, dependiendo de la gravedad de la transgresión. Además, se les dio una ley temporal para llevar a cabo estos ejercicios y además evitar tener que cometer infracciones que les llevasen a “deudas”. ¿Por qué, entonces, Jesús dio su vida? Según la ley, un animal puro, sacrificado, remitía las deudas, pero no definitivamente. Por amor al mundo, Dios mandó a su Hijo para que se entregara él mismo para liberar de forma definitiva a todos los que se sumerjan en él y vivan según él. Jesús no violó una sola de las leyes estipuladas a los israelitas, y por ende, fue puro en todo, derramando su sangre para expiar el mal del mundo, como un cordero perfecto.

¿Entonces ya el pecado no es perjudicial? La transgresión sigue reflejando lo que es impropio del universo (pues también hay juicio sobre las acciones de los hombres), y asimismo sigue perteneciendo a las autoridades del mal, pero al morir Jesús eliminó la carga general, dando pie a un nuevo inicio a cada individuo, pero sí nacen en él y son fieles a él como verdaderos siervos. ¿Eso tiene que ver con el bautizo? El nacer de nuevo, a través del símbolo de la inmersión en agua, identifica la muerte del hombre deudor, gracias a que Jesús murió literalmente. Juan hijo de Zacarías introdujo esta práctica en el Jordán para perdón de pecados, mas el pecado sigue existiendo, toda vez que seguimos en la carne y sujetos a la vulnerabilidad al mal y del poder de los demonios sobre la materia. Jesús tomó el bautizo como entrega a él, asumiendo uno en sí este derecho de librarse de la carga pasada de pecado y poder empezar de nuevo. ¿Y si uno no quiere bautizarse? Si no muere y nace de nuevo, el derecho de remisión de transgresiones no se aplica a él, pues no puede ser limpiado bajo la nueva alianza, realizada con derramamiento de sangre, de modo que no puede ser parte del nuevo pacto, que es donde Cristo rige el futuro del alma.

¿Y cómo es que Jesús es “señor”? Un señor es quien tiene autoridad y dominio sobre una región o hacienda, y quien tiene bajo él personas o siervos. En los estándares de los que se habla, hay un señorío muy superior a las regiones terrestres. Jesús no pagó una fianza ni un rescate para que volvamos al mundo a seguir debiendo, pues si así fuera, ¿se supone que para volvernos a liberar debería volver a dejarse matar? No. Quien libera a un esclavo es ahora dueño del mismo, de modo que Jesús se hizo Señor de todos los nacidos en su nombre al “comprarnos” a todos, nos guste o no, lo aceptemos o no, lo creamos o no, lo respetemos o no. De modo que ya no somos nuestros sino de otro, e igual que un siervo debe rendir cuentas a su amo, así los que han sido liberados de las autoridades ahora pertenecen a Jesús, y a él deben rendir cuentas, según las reglas por él impuestas. Y entonces, ¿si bautizándose en Jesucristo violamos la ley de pureza y respeto a nuestros semejantes? Es entonces Cristo quien juzga esto, y de acuerdo a cada uno le juzgará con justicia. Pues, habiendo sido hombre, y no pecando en nada, tiene derecho de juzgar al género humano. Y si sus “siervos” fueron infieles, serán destituidos y echados a las tinieblas de afuera (Mat. 25:30); si cometieron pocas faltas, pocos “azotes” recibirán (Luc. 12:47-48), y si hicieron bien, recibirán galardones (Apoc. 22:12). Todo esto se basa en las normativas por él impuestas durante su ministerio, y que claramente enseñó a sus discípulos (Mat. 28:20).

¿Y cómo puede alguien seguir fielmente a Jesús si él no está aquí para enseñarnos, ni tenemos todos los conocimientos revelados delante? Habiendo resucitado de entre los muertos, subió al Cielo, y en tanto, dio dones a los hombres, los cuales son administrados por el Espíritu Santo, el mismo que ha enviado Dios a los que le obedecen, y el cual es el Espíritu de Verdad que guía a la verdad a todos los que siguen a Jesús y han nacido en él, y actúa él en nuestra conciencia, conectado con nuestro espíritu. Esos dones, ergo, son las herramientas que tiene cada uno para ser útil al ministerio de llevar este conocimiento a otros, los conduce en la senda de salvación y los ayuda a perfeccionar el funcionamiento de todo el equipo que en la Tierra está sujeto a Cristo, mientras nos mantiene en la pureza. ¿Estamos entonces esperando algo mientras tanto? Jesús prometió que regresaría e instauraría su reino con los 12 apóstoles, y es en esta esperanza que aguardamos. A sus siervos que dieron mucho fruto, les pondrá en sitios más importantes en su reino, y los que poco fruto dieron, en lugares menos importantes (Luc. 19:17), pero todos los siervos fieles estarán en su cohorte como intermediarios entre él y el resto del mundo (Apoc. 20:6), sobre el cual aún han de sobrevenir ciertas cosas antes del final de todo. Quien haya muerto resucitará, y quien esté vivo para ese entonces, será transformado. Antes del fin, los elegidos y fieles serán sacados de la “purga” de la Tierra, y volverán con el Ungido para iniciar el reino hasta que tenga lugar un último juicio. Entonces, pasado esto, llevarán al resto del universo la multiforme sabiduría de Dios.

De manera que, de momento, ¿qué debemos hacer? Vivir según las enseñanzas de Jesús y buscando lo que es afín al Espíritu. ¿Nos irá bien desde que nos bauticemos en lo que Jesús identifica? Cuando el reino se establezca, sí, todo será utópico. Mas ahora seguiremos en nuestro aprendizaje, con días buenos y días malos; no identificados con este mundo, absteniéndonos de sus engaños, modas, afanes, preocupaciones, intereses, materialismo, esperanzas y sueños, más bien como peregrinos, de paso, toda vez que esperamos nuestra futura ciudadanía (Filip. 3:20) y nos entregamos a trabajar para lo que realmente dará fruto en ese reino (Juan 6:27), no en este donde todo perecerá y nada nos llevaremos a la tumba. Aún con todo, Belcebú, jefe de los 49 demonios de la principal autoridad del mal, se interesa principalmente por aquellos que buscan a Dios, para llevarlos por malos caminos, sacarlos de la senda de la verdad, sembrar en ellos confusión, mentiras, ignorancia, disensión y duda, y pretendiendo que pierdan el regalo que han recibido y así sean de utilidad a todos los malos espíritus, de modo que se extravíen. Este maligno se centra en los que buscan a Dios, a diferencia de los otros malos espíritus, y coordina a los que están bajo él a que acosen a los elegidos.

Entonces, ¿basta con bautizarse en el nombre de Jesús y seguir sus mandamientos? Si realmente se “siguen” sus mandamientos, ya se va muy bien encaminado. Pero si se espera conseguir mayores galardones, es imperativo capacitarse y formarse en todo conocimiento y experiencia, de modo que seamos siervos útiles para toda buena obra y capaces de desempeñar mayores funciones. Así, al que más tiene, más se le dará, pues todos recibimos regalos de lo alto para el progreso de este ministerio y misión. Quien no vive todos los días buscando el progreso, es más propenso a que su fe tambalee y tenga dudas, incertidumbre o cuestionamientos existenciales, no llegando siquiera a saber qué debe hacer, o si debe hacer más que solo “creer”. «Si, entonces, os habéis levantado con Cristo, buscad lo de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.» (Col. 3:1)

 

Frederick Guttmann R.

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