Tema 4 (Módulo V) – La Preexistencia de Cristo

A pesar de que los israelitas esperaban a un Mesías (el hijo de David) y aun sucesor de Moisés (el gran profeta), cuando vieron aparecer a Jesús no encontraron en él lo que esperaban ver de ninguno de estos estereotipos. En vez de tomar las armas contra la invasión romana, Jesús se dedicó a predicar el Evangelio de la Paz (Hech. 10:36) y el Evangelio del Reino de los Cielos. A medida que pasaba el tiempo esta situación no cambiaba, y su propia familia terrenal se extrañaba de que Jesús mantuviese esta línea, toda vez que también ellos esperaban en él al “libertador” (o sea, el militar, no el del alma). Sus discípulos estaban siempre a la expectativa de cómo y cuándo el Reino se levantaría, considerando que Jesús restauraría Israel a su antigua gloria y redimiría la nación, aunque no sabían el modo en que esto tendría lugar.

Por encima de todos estos puntos, la naturaleza y origen de Jesús mismo fue, es y ha sido un enigma. Ni hombres, ni espíritus, ni principados, ni autoridades, ni dioses, ni ángeles han sabido realmente su raíz, su procedencia (Juan 8:14). Era obvio para muchos judíos que el Mesías vive para siempre y que provenía del cielo, pero los detalles de esto no los conocían, contando, además, que la percepción del propio Cielo ha sido limitada para el hombre, y no fue comprendida en gran medida sino hasta las revelaciones del propio Jesús. Mientras los dominadores de este mundo y sus fuerzas han creído que ellos dominan el mundo material y el psíquico, todo un universo de luz les precede, y por esa razón, siendo ellos los dioses del mundo, no han podido ni siquiera explicar a sus sacerdotes y profetas la naturaleza verdadera del alma que entró en dicho hombre que conocemos como Jesús.

El único que satisfactoriamente habló de sí mismo fue el Cristo, aduciendo que él vino de Dios (Juan 7:29), aquel a quien él siempre denominaba “Padre”, a pesar de que había mucho más que exponer al respecto y no era posible manifestarlo en su momento. Las referencias sobre el Ungido de Dios no decían abiertamente que fuese su hijo, salvo en mensajes ocultos, como el Salm. 2:7, o en casos particulares, como Prov. 30:4: «¿Quién asciende los Cielos, y desciende? ¿Quién reúne el Espíritu en sus puños? ¿Quién ata las aguas en un paño? ¿Quién levantó las extremidades de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si sabes?». El resto de casos, como Enoc o Daniel, hablaban del reinado justo del Elegido. Si Jesús venía de Dios, saliendo de Él (Juan 8:42), entonces había que conocer mejor a Dios para saber sobre Jesús; pero Jesús dijo que no es sino a través de él que se puede llegar al Padre, a quien él sí conoce. Claramente él vino de otro lugar antes de nacer en este mundo (Juan 16:28 y 18:37), pero de un sitio específico, pues dijo a Poncio Pilatos que su reino «no es de este mundo» (Juan 18:36), y a los judíos, que él es de “Arriba”, no «de este mundo» (Juan 8:23).

 

Su Preexistencia

Cuando Juan identifica a Jesús como el Logos (la Palabra), un misterio deja claro: Jesús es la expresión creadora de Dios. Cuando en términos generales se define a Cristo como “la luz”, lleva asimismo a los orígenes del cosmos. Por consiguiente, antes de venir a introducirse en este mundo, en un cuerpo material (hecha carne la Palabra), Jesús era la manifestación misma de la acción creadora de Dios. Para saber de dónde vino Jesús es necesario salirse de los parámetros clásicos de los cánones religiosos, estudiando manuscritos donde se presentan revelaciones del Señor cuando aún diariamente nutría con sus palabras a sus seguidores y cuando el Espíritu Santo continuó llenando de conocimientos a los primeros cristianos. Los conceptos de Luz y de Palabra se expresan como “Primer Misterio” en el Evangelio de Valentino, refiriéndose al Seno de Dios, o sea, al Espíritu Santo, del cual todas las emanaciones han surgido y el cual es motor del universo. En los manuscritos de Nag Hammadi, Jesús es llamado de variadas formas, pero todas alusivas a “Vástago Único del Perfecto”, quien había sido creado primero en el pensamiento del padre Universal, mas no revelado aún en este mundo.

El Primer Pensamiento del Perfecto (el Inefable) recibe el nombre de “Madre”, pero su Palabra recibe el nombre de “Hijo”. Todas las emanaciones de la luz pura del Perfecto están con él como su viva manifestación, pero el Hijo es a quien se le unge para ser dios del reino de la luz, de donde surgen todas las fuerzas, todos los poderes, todos los ángeles, todas las luces, todas las estrellas, todos los reinos, todos los invisibles, todos los espíritus, todos los hombres inmortales, y por consiguiente, todo el ordenamiento del universo. Para este desarrollo, el Hijo recibe 8 poderes y 4 príncipes, que son los ángeles que él sitúa como reyes de los primeros 4 reinos que le son dados al Hijo para reinar, y que se subdividen en 12. Uno de los 8 poderes del Hijo, llamado Esefec, junto con el Hijo, traen al primer hombre inmortal, Adamas, y al vástago de éste, Set, y de ellos emerge la raza humana imperecedera (1ª Set y Libro Secreto de Juan).

Como un misterio del Inefable, aparece el caos y también el plan de restitución de la luz que el caos ha obnubilado. Orquestadas varias rebeliones en contra de la luz, sediciosos crean en la realidad material y se hacen dioses, aunque no son superiores a las emanaciones humanas de la luz (la raza humana imperecedera) que habían de venir a la realidad física para restarle el poder al mal. Después de variadas guerras y encuentros de la luz y la oscuridad, Jesús encarna bajo las leyes de las autoridades del caos (los principados del destino), que son los dioses de la materia, y bajo sus ordenamientos les quita su poder sobre las leyes por ellos impuestas y el control del abismo (Col. 2:15). Bajo su poder, los principados y autoridades ataron a su materia, la que crearon, la fuerza que había de venir de la luz, para que las emanaciones fuesen encarceladas en cuerpos mortales que ellos controlarían, pero Jesús trae el misterio de la resurrección y de la elevación de retorno a la luz, quitándoles el poder sobre las almas justas, comenzando con su muerte y la incitación del bautismo, que redime a los que viven según aquel que derramó su sangre en el Gólgota.

 

Frederick Guttmann R.

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