Tema 4 (Módulo II) – ¿Hoy se puede cumplir la Ley?

Una ley es un decreto establecido. En el antiguo Israel se establecieron paulatinamente diversas ordenanzas hasta el 1500 a.C., aprox., cuando se fijaron 10 mandamientos oficiales (Éxodo 20) y 613 normativas. Todo este conjunto fue conocido como “la Ley”. Debido a la tradición, la ley se constituyó ideológicamente como una misma, el Decálogo (10 mandamientos) y las mitzvot (ordenanzas). Unos dicen que las mitzvot son 610 (6 = hombre x 100 = magnitud + 10 = los mandamientos básicos), otros dicen que son 613, en un texto presumiblemente esenio se dice que llegaron a ser 1.000, mientras Enoc sostenía que eran 880: «transgredieron desde el Alef hasta el Tau, cuarenta estatutos por cada letra.» (3ª Enoc 44:9) Si son 22 letras, multiplicados por 40, es igual a 880.

Con el tiempo, los escritos de Moisés, definidos como la Torah (Pentateuco, o cinco primeros libros del Antiguo Testamento) fueron entendidos como “la ley”, aunque estos no se referían exclusivamente a la misma. La Torah incluía el Bereshit (el comienzo), Shemot (los nombres), Vaikrá (y llamó), BaMidbar (en el desierto) y Dbarim (cosas). Estos cinco se conocen en español como Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, respectivamente.

Aunque las 613 ordenanzas constituían básicamente Vaikrá con respecto de los levitas y el sacerdocio, se tomó todo el conjunto de la Torah como la ley entregada al pueblo israelita. Torah significa “doctrina”, aunque su raíz “or” denota “luz”, por lo que alude a “esa luz” recibida. De modo que cometemos un error de tradición al decir o traducir que la Torah es la Ley, siendo que más bien la Ley es expuesta dentro de la Torah (Pentatéuco), y es presentada como enseñanza. Esto no tenía nada que ver con religión, como se vino a interpretar posteriormente entre judíos (como erróneamente se definen sus creencias hasta hoy como “judaísmo”), y también en el mundo occidental. La Ley era un dictamen obligatorio, no una filosofía opcional, o estilo de vida, como lo veían, por ejemplo, los griegos. De ahí que Lucas escribiese en Hechos 25:19 que, sobre Pablo, dijo Festo que sus enemigos «tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su religión…» (Hechos 25:19). Si bien, la palabra e idea de “religión” no existe en la mentalidad antigua hebrea, ni en su lingüística. Por eso los traductores de la versión griega al hebreo, como Delitzsch o Salkinson, o incluso la Peshita siriaca traducida al arameo, usan formas como Abodot (obras), Dabar (palabra, cosa), e incluso la Vulgata latina dice “superstitione” (superstición), conforme a la mentalidad romana. En otros casos sí se usa el latín “religionis”, y formas hebreas alusivas a Torah y Dat (ley, decreto, regla establecida), que es como hoy se traduce la voz “religión”.

En el caso de Santiago 1:26 los traductores hebreos no usaron la idea de Dat (ley), ni Torah, sino la de Abodato (su obra). Así repiten en el verso siguiente (27) que la Abodah (obra) verdadera es el servicio altruista al necesitado y desvalido, así como mantenerse sin pecado. De modo que no existe religión, sino un hecho contrastado y concluyente, donde la fe es una “certeza” no una especulación. Lo mismo ocurre con las normativas fijadas, eran decretos civiles de conducta que debían seguirse, dado que los ángeles enviados a hacer que se cumpliese tenían órdenes específicas de que se llevase a cabo una misión de preparación de un pueblo para la consagración a lo espiritual a través de estas pautas expuestas en las Escrituras.

Ahora bien, la Ley es confundida asimismo con el decálogo y las mitzvot por mero costumbrismo. Luego la ley y las obras se confunden habitualmente con las “obras de la ley” (las 613 ordenanzas), dado que la ley son los 10 mandamientos, y las obras, buenas obras (2ª Timoteo 3:17), son los frutos de la fe (Santiago 2:18). Por lo que una cosa son las buenas obras de la fe, la ley de la Libertad y de los 10 mandamientos, resumidos en “frutos” (Juan 15:8), y otra cosa distinta es la observancia de las mitzvot (Gálatas 2:16), es decir, las obras de la ley del Sinaí que se limitaban a Israel y a un periodo específico (Génesis 49:10). Las 613 ordenanzas estaban supeditadas a un principio que determinaba que por una sola norma incumplida se violaba toda la ley (Gálatas 3:10, Santiago 2:10). Por consiguiente, esta ya no se puede cumplir por infinidad de razones (Colosenses 2:21). Las 613 ordenanzas eran definidas como “el legislador”, mas Jacob profetizó que éste sería quitado cuando viniese el Elegido (el Enviado).

Según Daniel, el Mesías sería muerto y seguidamente un príncipe extranjero destruiría el templo y luego serían los judíos expulsados y esa tierra puesta en devastación hasta el fin (Daniel 9:26). Ese príncipe fue el posterior emperador Tito, y quien expulsó a los judíos fue el emperador Adriano. De modo que las 613 ordenanzas como ley se abolieron en el siglo I de nuestra era. Estas ordenanzas constituían aspectos de higiene, orden público, dietética, servicios sacerdotales, rituales de sacrificios y simbolismos. Nada de esto era práctico con respecto de los mandamientos de Jesús, salvo su simbología, ya que tienen algo de virtud, pero no representan la justicia del reino de los cielos (solo eran ejemplos y vaticinios sobre lo que había de venir: Lucas 16:16 y Hechos 24:14, Romanos 3:21).

Jesús en su momento debido cumplió con las 613 ordenanzas para dar ejemplo y testimonio, para cumplir toda justicia y para ser limpio en cuanto a la ley, de modo que su sacrificio como cordero contase como “sacrificio sin mancha”, al grado de ser óptimo para pagar el precio por los pecados. Así, al cumplir con todo, Jesús vence la ley antigua y el pacto antiguo, e instaura el nuevo, siendo intermediario, no como los levitas (Hebreos 7:11), en cosas corruptibles, sino como Melquisedec, en cosas incorruptibles (Salmo 110:4). La verdadera ley se basa en el seguimiento de lo espiritual (Lucas 18:20, Marcos 10:19), en cuanto al reino del Padre Celestial (Mateo 22:4, Marcos 12:30-31), y en conformidad a ello, el altruismo (Mateo 7:12) y los frutos del Espíritu, que se basan en el Amor (Juan 13:34, 14:15-21, 15:10-12 y 1° Corintios 13:13).

 

Las Obras de la Ley

Por causa de la dureza de su corazón, su ceguera espiritual y sus pasiones carnales, los hombres han tomado las letra por encima del Espíritu, pues solo los espirituales comprenden que la letra es para los carnales, mientras el Espíritu para los espirituales, y que la letra vino del Espíritu, y no el espíritu de la letra, pues el Espíritu es el emisario de la Palabra. Pablo aclaraba, una y otra vez, que las prácticas de la Ley hebrea que recibieron en el Sinaí, ya no era válida, pues constituía una alianza que había desaparecido por defunción, dando lugar a una nueva (Jeremías 31:31). Así lo aclara Hebreos 9:16-17, enfatizando que Jesús mató el testamento antiguo, clavándolo en la cruz. Y en la Alianza Nueva, es Jesús quien enseña los preceptos de la Ley verdadera, de la Luz, y trae a sí a los que fueron llamados a la promesa, ya fueren primeramente legítimos como no legítimos, pues de ambos habría de hacer un solo pueblo. De la misma manera, Pablo explicó que el verdadero cumplimiento de la Ley es poner por obra el Amor (Romanos 13:10), pues las ordenanzas del Sinaí tenían un propósito simbólico, higiénico, de orden público y de preparación para lo que había de venir.

Un buen ejemplo de esto son las palabras de Bernabé, quien escribió: «En conclusión, tomando Moisés tres símbolos sobre los alimentos, así habló en espíritu mas ellos lo entendieron, conforme al deseo de la carne, como si se tratara de la comida. De esos tres mismos símbolos toma también David conocimiento, y dice igualmente: “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de impíos”, al modo como peces nadan entre tinieblas en las profundidades del mar; “y en el camino de los pecadores no se detuvo”, al modo de algunos que aparentan temer al Señor y pecan como el cerdo, “y sobre silla de Pestilencia no se sentó”, al modo de las aves apostatadas para la rapiña. Ahí tenéis perfectamente lo que atañe a la comida.» (Epístola de Bernabé 10:9) Esto es a lo que Pablo se refería como “Obras de la Ley”, es decir, las prácticas, ejercicio y oficios de los preceptos del Sinaí, los cuales nada tienen que ver con las Obras en Cristo (2ª Cor. 9:8, Filip. 1:6, Col. 1:10, 2ª Tes. 2:17, 11ª Tim. 3:1, 5:10, 2ª Tim. 2:21, 3.17, Tito 1:16, 3.1, Heb. 13:21).

Existen confusiones y debates entre obedecer a las Obras de la Ley mosáica, es decir, de Moisés, y las Obras de Cristo, primeramente por un interés en la búsqueda de la comodidad, la auto-justificación y el conformismo. De modo que el verdadero hombre, se fundamenta en el Espíritu, y como consecuencia hace las verdaderas Obras de la Ley, no de Moisés y Aarón, sino de Cristo. Y esto es así debido a lo escrito por el benjaminita de Tarso: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, cuales preparó [de antemano] Dios de modo que en ellas anduviésemos.» (Efesios 2:10) Y esto fue aclarado por uno de los cuatro hermanos de Jesús, cuando dijo: «¿Cuál es el beneficio, hermanos míos, si alguno dice tener Fe, pero no tiene obras? No puede la Fe salvarle […] Así pues la Fe, si no tiene obras, es muerta cayendo en sí misma. Pero dirá alguno: Tú tienes Fe, mas yo tengo obras. Muéstrame tu Fe sin tus obras, mas te mostraré en mis obras mi Fe.» (Santiago 2:14-18) De modo que la Ley fue reiterada por Jesús, como él mismo aclaró (Mateo 5:21-53), pero no con base a las pautas que los hombres terrenales deben recibir por actuar como animales, sino conforme a la Verdad, es decir, al Espíritu.

Las leyes de Moisés, solo temporales, no justifican a nadie, pues nada tiene que ver con la Verdad, como Pablo aclaró: «¿Entonces, dónde está la jactancia? Excluida. ¿A través de qué ley? ¿Las obras? No, sino a través de la ley de la Fe. Asumimos [es] por justificación de fe del hombre, sin obra de la ley.» (Romanos 3:27-28) Debemos discernir a qué se refieren cuando hablan de Ley, a qué se refieren cuando hablan de Obras, y a qué, cuando hablan de las Obras de la Ley (Gálatas 2:16, 3:2-5 y Santiago 2:14-26). Se entiende entonces que Israel debía cambiar de las tradiciones y educación egipcia a la de Iaheveh, y entonces abriría el camino a la Ley de la Gracia que vino con Cristo Jesús, basadas en la verdadera justicia y en el amor. Obvio, no con esto los Diez Mandamientos –no las 613- quedaban abolidos, porque el mismo Jesús dijo: «No supongáis que he venido a destruir la ley o los profetas; no he venido a destruir, sino a completar.» (Mateo 5:17)

 

¿Hoy se puede obedecer toda la Torah?

En conclusión, los que tratan de hacer vigente estos decretos, siguen como los antiguos, pegados a las letras, y no al Espíritu, de modo que no entienden que se trataba de simbolismos para representar cosas espirituales y futuras. El propio Jacobo lo afirmó en el Concilio de Jerusalén, al decir: «Ahora, pues, ¿por qué probáis a Dios, poniendo yugo sobre la nuca cual ni nuestros padres pudimos cargar?» (Hechos 15:10) Los apóstoles fueron comprendiendo desde que Jesús les habló por primera vez, que las normativas de los ancestros estaban siendo desechas al convertirse todas las pautas viejas en hechos reales, por medio de la vida que cobraban los símbolos, desapareciendo entonces los rituales. Por esa razón el judaísmo no existe, siendo un invento forzado por las circunstancias, y que los judíos tratan de avivar para no perder sus tradiciones. Ni judíos ni israelitas tenían religión. Los legalistas adoptaron con el tiempo la idea de “religión judía”, siendo que los que realmente realizaban rituales sacerdotales eran levitas, no judíos.

Los escritores del Nuevo Testamento griego usaron formas como Deisidaimonías, para referirse a lo que los griegos aceptaban como ceremonias y prácticas litúrgicas con respecto de los dioses, pero en Israel sus creencias se basaban en hechos fehacientes contrastables y en leyes civiles, no en religión. La palabra Deisi-Daimonías se forma de Deisi, del vocablo griego Deído, que es temer o tener miedo, posiblemente asociada o derivada del sánscrito Deiti (deidad), y de la forma Daimonías o Daímonon, que es colectivamente alusiva a los dioses, o algo derivado de los tales. Un “deisi-daímonon” era una persona temerosa de los dioses; timorato, piadoso, religioso; supersticioso.

Jacob (Israel) había profetizado sobre sus hijos que Iehudah (Judá) sería mayor que sus hermanos, tomando el cetro (monarquía), mientras Leví se encargaría de ministrar los asuntos espirituales. Además les seria dada a las 12 tribus un “legislador” (ley) que no sería quitado de ellos hasta que viniese el Enviado (Génesis 49:10). Pero si se invalidaba una ley, como resultado, se violaban indirectamente otras, y estas otras violaban otras, al grado de que realmente por extensión, el que incumplía un mandato violaba toda la ley.

En el año 722 a.C., Sargón II de Asiria se llevó a más de 9 tribus, incluyendo Leví, que oficiaba los servicios. Ya no estaban aquellos que habían sido decretados por dios como encargados para ministrar lo asuntos espirituales.

En el año 607 a.C., fue tomada Jerusalén y desapareció el Arca de la Alianza, donde estaba la vara de Aarón, las Tabla de la Ley (los Diez Mandamientos) y maná.

En el año 63 a.C., el país fue sometido por Pompeyo, y Roma comenzó a prohibir muchas prácticas de la ley que ejercían los judíos (los que sobrevivieron de entre las 12 tribus).

En el año 30-33 d.C., Jesús de Nazaret se entregó como sacrificio perpetuo, aboliendo el sistema ritual de expiación. A partir de este momento era ridículo oficiar sacrificios y holocaustos por expiación.

En el año 67 d.C., Tito y Vespasiano tomaron Jerusalén y fue incendiado el Templo. Ya no había dónde realizar las acciones litúrgicas ni muchas actividades que se llevaban a cabo dentro del Templo.

Desde entonces los judíos han forzado por establecer lo incoherente: la Torah. Que ha sido imposible de cumplir desde que la nación se dividió definitivamente. Sin sacerdotes reales no hay servicios reales, sin obediencia a cada precepto no hay cumplimiento de la Torah, sin Arca no hay sobre qué cuidar el Lugar Santísimo, sin Templo no hay como oficiar los rituales, sin sacrificios de animales no hay razón de desarrollar la ley. Quien trate de pegarse a este antiguo Pacto, busca ser juzgado por él y sus leyes imposibles de cumplir, y desobedece toda esa ley, siendo pecador y destinado a muerte (Romanos 8:2, 2ª Corintios 3:7, Hebreos 9:15-17).

 

Frederick Guttmann R.

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