Tema 3 (Módulo I) – Una vida con propósito

¿Para qué fuimos creados? ¿Cuál es nuestra finalidad en este mundo? Escribió Moisés: «Y cogió Iaheveh Elohim al hombre y lo posó/recostó en el jardín de Eden, para trabajarlo y vigilarlo.» (Génesis 2:15). Nuevas tendencias afirman que los hombres fueron creados por seres extraterrestres superiores, que habrían venido a la Tierra en el remoto pasado. Esta moda se apoya de una serie amplia de referencias escritas y artefactos hallados, de los cuales se habla poco en los medios de comunicación. Estos individuos eran llamados “dioses” por los pueblos de la antigüedad, y a sus mensajeros definían como “ángeles”, mientras a sus enemigos, y criaturas antagónicas del universo, denominaban “demonios”. Acorde a esta perspectiva, se habría alterado la genética de seres ya creados y mezclado con el ADN alienígena. Si bien, si se cree por un lado en evolución, por otra en creacionismo, y por otra en panspermia dirigida artificial y deliberadamente, el papel del hombre en la Tierra sería muy distinto, dado que cada una de estas perspectivas es contraria la una de la otra notablemente.

Una aparición espontánea, fortuita y desprovista de finalidad, obviamente será también exenta de objetivo para el supuesto ser casual. La creación extraterrestre, según se afirma, tendría como finalidad que el hombre “trabajase” para los dioses, sus mujeres les sirviesen de concubinas, sus hijos fueran reyes de la Tierra (dado que las luchas entre las facciones de dioses, y éstos con los demonios, obligarían a establecer balizas de avanzada para tomar control de las regiones ante los invasores y adversarios) y ahorrarse el trabajo duro, disfrutando a costa de sus cobayas. Por parte de las Escrituras, la finalidad sería otra, que siendo el hombre procedente de Dios, viniese al mundo a aprender, experimentar, conocer, evolucionar como individuo y ayudar a sus congéneres. El verdadero fin del hombre es volver a su raíz, la Luz, ascendiendo por el Camino del que descendió, la Sabiduría de Dios, pues solo a través de ella, cuya fuente es Jesucristo, accederemos a la verdad, que siempre crece.

Por eso, en resumen, esto lo explicó un gran sabio: «Escuche tu oído a Sabiduría, inclina tu corazón a la inteligencia; porque si al entendimiento se llama, a la inteligencia se da la voz; si se busca como plata y como tesoro se escudriña, entonces se entenderá el temor de Iaheveh, y se hallará el conocimiento de Elohim. Porque Iaheveh da Sabiduría del conocimiento e inteligencia de su boca. Almacena logro para el recto, escudo al que anda íntegro. Almacena senderos de juicio, y camino guarda al piadoso. Entonces entenderás justicia y juicio, y rectamente toda senda buena. Pues vendrá Sabiduría en tu corazón, y conocimiento grato a tu alma. Mantendrás propósito sobre guardar la inteligencia.» (Proverbios 2:2-11) Y vuelve a recalcar, entre otras muchas veces. «Bienaventurado Adán encuentra Sabiduría, y Adán obtiene inteligencia; porque buena ganancia [más que] de ganancia de plata, y producto de oro. Ella es preciosa [más] que los corales y todo tu placer no se le puede asemejar. Largos días en la derecha, en la izquierda riquezas y gloria. Su camino, camino placentero, y toda senda de paz. Ella es el Árbol de la Vida, para los que le buscan, y el soporte de felicidad. Iaheveh en su Sabiduría [dio el] fundamento [a la] Tierra, estableció Cielos en su inteligencia. En su conocimiento abismos se quebraron y nubes-polvo destilan rocío.» (Proverbios 3:13-20)

Dice Génesis 1:26 que fuese hecho el hombre para “dominar” (aunque RVA 60 traduce “señoree”, y RVA 95 dice “tenga potestad”), y luego (verso 28) les manda a “fructificar y multiplicar”. Al decir “fructificad”, se refiere a la voz hebreo Prú, de Prí (fruto), es decir, lo que produce la Tierra, acorde a la comparativa lingüística con el sánscrito Pri-thvi (o Pritui, tierra). A pesar de que esta producción puede entenderse como agrícola o genealógica, la trascendencia de este hecho es mayor, suponiendo el dar “frutos” conforme a la misión para la cual los hombres debían saber que venían a este mundo. La palabra “multiplicarse” es del hebreo Rbú, de la forma Arbé (mucho), refiriéndose a que sean muchos, se hagan muchos sobre la Tierra, y dominen sobre todas las criaturas existentes. Es cuando el hombre es expulsado, que se le manda a trabajar la Tierra, pero los que entendían su origen espiritual y divino, centraban su trabajo en aquello que correspondía con el cielo, mientras que los que no sabían ni entendían esto, pues no tenían esta afinidad, simplemente trabajaban la tierra literalmente. Este ejemplo se puede ver en las ofrendas de Caín y Abel, donde la de Abel es agradable, pues él entendía que realmente se trataba de ofrecer buenas cosas, primeramente de pureza, mientras su hermano lo hacía por tradición, mientras en su vida cotidiana era mundano.

Jesús explicó este verdadero fruto, al decir: «No trabajéis [afanados] tras todo trabajo sino tras pan que sirve para Vida Eterna, el cual el hijo del hombre os dará…» (Juan 6:27) Este texto, tomado de la versión hebrea de Salkinson-Ginsburg, usa la forma Taamlú, de la forma Amel, al inicio de la frase, que se refiere a sufrir, trabajar duramente o afanarse. Así corresponde con sus otras muchas palabras, como cuando afirma: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir…» (Mateo 6:25 – RVA 60). En Juan 6:27, dice “tras todo trabajo”, queriendo referirse, en esa lengua, a estar pendiente de trabajar en cualquier cosa, sino, más bien, en lo que tiene verdadero provecho: alcanzar la vida eterna. Por eso también usa la forma Omed, que se refiere a algo útil, que realmente sirve, y que también alude a “estar delante” o “estar de pie”, como quien se mantiene constantemente en algo si alejarse o descuidarlo.

Luego se dice que los hombres fueron puestos para “cultivar” y “proteger” las cosas hechas por la deidad. El texto hebreo dice «laabdeh veleshmerah», es decir, “para trabajarlo y vigilarlo”, ¿qué cosa? El sitio donde estaban en el jardín que se hallaba al oriente de la región denominada Eden. El verdadero trasfondo de este hecho señalaba más que el mero cultivo y protección de un sitio que, por sí mismo, ya se mantenía: «La tierra está resplandeciente como jardín bien regado.» (La más antigua tablilla sumeria). Este fragmento sumerio alude a la situación de la Tierra antes de que apareciesen las civilizaciones del tiempo de aquel hombre del que estamos hablando. De manera que el trabajar y vigilar no era sobre un sitio cuyas condiciones ya son favorables, sino conforme al propósito para el cual el hombre vino al mundo: a salvar a sus hermanos. Así consta en el fragmento de un manuscrito de 4.000 años cuyo autor asevera ser Abraham: «Yo soy de la raza de Adán y mis hijos son de la raza de Adán, que tienen que salvar a la raza primera que pobló la tierra; Porque Adán y su familia vino con luz y sabiduría de Elí.». Claramente salvar a alguien debe ser de su alma, pues si se salva el cuerpo, ¿qué finalidad tiene si a la larga todos mueren? Lo que debe preocuparnos es el destino de nuestras almas.

Dicho de otra forma, en el pasado el hombre, en su inmensa mayoría, sirvió a otros dioses y a sus propios afanes por llevarse el pan a la boca. Hoy sigue igual, viviendo para pagar gastos, deudas y compromisos, y afanándose por llenarse de cosas materiales que no podrá llevarse a la tumba. Ese es uno de los grandes engaños en los que está sumido el mundo, como refiere una revelación ulterior de las Escrituras: «Los arcontes se volvieron hacia su Adán, lo agarraron y lo arrojaron del paraíso con su mujer, […] arrojaron a la humanidad en medio de grandes perplejidades y de los azotes de la vida, a fin de que sus hombres andaran atareados y no tuvieran tiempo adecuado para adherirse al Espíritu Santo.» (La Hipóstasis de los Arcontes. NH codex II). Todas las palabras de Jesús siempre van enfocadas a lo mismo: dejar de vivir según este mundo. Para eso nos da una oportunidad de morir al hombre de este mundo y dejar de servir a este mundo, empezando una nueva vida, sirviéndole a Jesús. Así como vivimos en este mundo según la carne y sus afanes, hemos de cambiar y vivir según el reino que Jesús promete, y según sus lineamientos. Ergo, si aceptamos esto y nos sumergimos en dicha vida, empezamos a ser formados y capacitados para una vocación (Efesios 4:1-6, 2ª Pedro 1:10, 1ª Juan 3:1-10).

Entonces, somos invitados a iniciar una capacitación para llegar a ser ministradores y administradores de las cosas de Dios, como escribió Pablo: «De modo que, considérennos los hombres como servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.» (1ª Corintios 4:1). Entendemos entonces que hubo un distanciamiento entre Dios y los hombres desde aquel hombre antiguo Adán por el incumplimiento de un mandato, pero, los hombres, en vez de haber cortado el problema de raíz, siguieron pecando: «No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, también sobre los que no pecaron a la semejanza del pecado de Adán, él, el Adán Primero cual a imagen y semejanza es del Adán Postrero que había de venir.» (Romanos 5:14) ¿Quién era el que debía de venir sino “Cristo”, en la persona de Jesús? Así que aquel Adán era la “figura” de Cristo, y nosotros figura de él, y por ende, también de Cristo, quien sí cumplió con su objetivo. Este papel de adquirir conciencia de quiénes somos y para qué hemos venido a este mundo, debe ser primordial en nuestra comprensión existencial, y es piedra de base para entender que hemos sido llamados a ser intermediarios entre Dios y los hombres, para llevarlos también a ellos a la luz a la cual nosotros, se supone, que vamos: «Y vosotros [sois] raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo en adquisición, de modo que proclaméis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz; quienes una vez no [eran] pueblo, mas ahora pueblo de Dios; los que no [habíais alcanzado] misericordia, pero ahora [habéis alcanzado] misericordia.» (1ª Pedro 2:9-10)

Pero, ¿qué es un sacerdote? En las religiones actuales un sacerdote es quien precede una misa y anteriormente quien ofrecía sacrificios. Si bien, eso no es igual a cómo se desarrollaba en la antigüedad, no bajo los parámetros de Dios. Un verdadero sacerdote es quien está dedicado y consagrado a hacer de mediador entre la deidad y los hombres. Nuestra mira y objetivos deben estar arriba, en los cielos y en la vida eterna, no abajo, en la Tierra ni en cosas pasajeras: «Si entonces os habéis levantado con el Ungido, buscar lo de Arriba, allá donde está el Ungido sentado a la derecha de Dios. Pensad [y poned] vuestro corazón en lo de Arriba, no en lo que está sobre la Tierra.» (Colosenses 3:1-2)

Los Convidados a las Bodas

La raza humana ha estado perdida desde tiempos muy remotos y ha dependido de entidades superiores para su avance espiritual. La división entre facciones celestes ha causado mucho mal entre la sociedad humana, que vive constantemente en desconcierto e ignorancia. Aún así la Deidad trabajó con el linaje de Abraham y continuó su magnífico plan con la raza de los hombres. La llegada de Jesús dio comienzo a la liberación del planeta y al inicio de una nueva era bajo la esperanza de la resurrección de los muertos y la vida eterna en el cosmos, pero yendo delante los que dan testimonio de Jesucristo. Escrito está: «Paulos, obrero de Dios y enviado de Yeshua el Ungido basado en la fe de los escogidos de Dios y la base del conocimiento de la verdad en el temor celestial, en la esperanza de vida eterna, cual prometió el dios que no miente, antes del inicio del tiempo del Siglo, y manifestó en su tiempo señalado proclamando su palabra, en cual creo, por mandato de Dios nuestro salvador…» (Tito 1:1-3)  Así que nuestra mira debe estar dirigida a la Esperanza en la Vida Eterna, gozando de la Inmortalidad y disfrutando del gran Universo, peso pasando por lo que Cristo ha enseñado. Pero lo que queda aún es comprender que Dios en su Plan determinó, no sólo salvar a su pueblo (Israel) sino llamar también a los pueblos de las naciones, de toda tribu y lengua. A todos aquellos que confiesen a Jesús en su vida. Se les ofrece una nueva y majestuosa esperanza de incorruptibilidad y gloria si son capaces de soportar el “yugo de Jesús”.

Jesús al mismo tiempo continuó otro plan, mientras su pueblo original no le aceptó –salvo algunos que debían hacerlo-. Él ha llamado a todos los que en él crean, puedan ser parte del “sacerdocio” que él llama “convidados a las bodas” (intercesores entre Dios y los hombres), para continuar la Misión que no se completó con Adán, tal como escribió Abraham. Ahora Cristo ha cumplido el objetivo, y debemos, no sólo hacer lo que no hizo el linaje de Adán sino ir más allá: «…y de aclarar a todos cuál es la comisión del misterio escondido desde los siglos en Dios, el que creó todo a través de Ieshua el Ungido; de manera que se haga saber ahora, por medio de la Asamblea, a los arcontes-principados (cabezas de ejército) y las autoridades (fuertes prevalecientes) en las alturas (lugares celestes) las maravillas [multiformes] de la sabiduría de Dios, según el propósito del Siglo, cual hizo en el Ungido Ieshua, nuestro señor…» (Efesios 3:9-11) Claramente hay un propósito definido de antemano con los que son llamados a ser hijo de Dios, según un plan secreto creado antes del inicio de la creación conocida, y que estaba dispuesto en el propio Jesús, preexistente en el seno del Padre Universal.

 

Frederick Guttmann R.

 

 

 

 

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