Tema 3 (Módulo V) – Jesús la Luz

Luz, en hebreo, Or (compuesto por las letras Alef, Vav y Reish) es la manifestación más grande que hay entre todas las emanaciones del Perfecto. Leemos que la Luz es la que toma lugar en el Primer Día de la Creación para separar la luz de las tinieblas (2ª Cor. 4:6 y Gén. 1:3-5). Esta es la apreciación de la que hablaba Juan, el apóstol, al decir: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la vencieron.» (Juan 1:5) Así inició la reducción de la oscuridad en la creación. La luz manifiesta en aquel momento, vino a este mundo, y Juan también la identifica como el Logos (la Palabra), que encarnó, y al cual conocimos como hijo único nacido del Padre Celestial (Juan 1:14). Esa luz alumbra a todo hombre, y su símbolo manifiesto como ejemplo en la Creación es el Sol mismo, que a todos ilumina (Mat. 5:45). Una vez la Luz se ha manifestado en nuestro mundo, ahora puede haber juicio, pues sin conocimiento de causa no se puede juzgar a nadie, ya que sería injusto. Mas teniendo todos la verdad delante, ya nadie tiene pretexto, y si decide la oscuridad es por su propia voluntad (Juan 3:19). La Luz recibió antaño el nombre de Día, en hebreo, Yom (compuesto por las letras Yud, Vav y Mem), y ese Día se constituye posteriormente en un periodo de 12 lapsos de luz y 12 lapsos de oscuridad (un total de 24 lapsos, como símbolo de la Totalidad de lo más alto).

Jesús dijo a sus discípulos, cuando le increparon de volver a Jerusalén, siendo que allá querían matarle: «¿No tiene el día doce horas? Si alguno camina en el día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo» (Juan 11:9). Ellos son esas 12 horas, y él es el Día, por lo que juntos son la Luz de este mundo. Quien anda en ellos, perseverando en sus enseñanzas y en su Espíritu, no se verá escandalizado, caído ni destruido por las tinieblas (Juan 12:46). Por hay más: la definición griega de Juan 11:9, que se traduce como “tropezar”, es Proskóptei, que asimismo se refiere a “fracasar”. Igualmente, la idea de “Día” alude a Dios (de hecho, Día, en griego, es una abreviación de “Dios”). Es decir, quien anda en Dios no fracasará, y en este caso, vista como la Luz, que es Cristo. La Luz, siendo un misterio, manifiesta el reino de los cielos actuando en todo, pues sin luz no veríamos nada. La luz es generadora de calor, y por ende, de energía, sin la cual tampoco habría vida, ni crecimiento.

 

La Luz Verdadera

Si Juan denomina a Cristo “la luz verdadera” (1ª Juan 2:8), ¿es que hay otra que no es verdadera? Realmente se refiere a “la luz de la verdad”, enfatizando en su correcta naturaleza. Todo lo que disipa la ignorancia, el engaño y la actividad del mal es sinónimo de luz. Muchos han enseñado caminos de rectitud y han ayudado con sus palabras a sus congéneres, pero la raíz de todas las cosas, la Luz pura, primigenia y original, de la cual emanan todas las demás, es la Luz del Hijo. En él reside la Vida Eterna, pues sin esa Luz es imposible alcanzar la inmortalidad (Juan 8:12), siendo Cristo quien «por un lado abolió la muerte pero iluminando vida e inmortalidad a través del Evangelio» (2ª Tim. 1:10). Quien no anda en esa luz es sorprendido por las tinieblas (Juan 12:35), y quien no cree en la Luz no puede ser hijo de la Luz (vers. 36). Las Luz hace todo manifiesto y nada puede quedar oculto ante ella (Ef. 5:13), y quien nace del Espíritu y vive en el Espíritu entra a ser partícipe de la herencia de la luz como uno de sus hijos de luz (1ª Tes. 5:5). Siendo el Perfecto, el Espíritu Invisible del cual todo ha emergido, la Luz misma es la manifestación de Él, el cual, Él mismo, ya habita en Luz incomparable e inaccesible (1ª Tim. 6:12). Como dijo el profeta Henoc: «…por encima de la luz no hay nada más…» (2ª Enoc 25:6)

En griego, Luz es Fos (Fi, Omega y Sigma), que numéricamente es 55 y 1306. El 55 en hebreo es asimismo la cifra de Shemesh (Sol) y Rejeb-Esh (carro de fuego), alusivos a la llama. Luz en latín es Lux, cuya abreviación es LX, 60 en numeración romana. El 60 en hebreo corresponde con Pnináh (perla) y Peshet (lino), siendo la letra Samej, que simboliza el “redil”. El 60 en griego coincide con Soma (cuerpo), recordando que el cuerpo de Cristo es la Palabra, es decir, la manifestación de la Luz. En física, el término luz incluye todo el campo de la radiación conocido como espectro electromagnético, mientras que la expresión luz visible señala específicamente la radiación en el espectro visible. Es decir, únicamente vemos un margen muy pequeño de la Luz, que se deriva en 7 colores, o sea, 7 manifestaciones que unidas son Blanco (Luz). La mayor parte de la obra de la Creación no la percibimos al ojo, y esta es englobada en 7 poderes, que una y otra vez son referidos en símbolos como los 7 ojos, espíritus, candeleros, ángeles o estrellas de Dios. Un ejemplo alusivo se puede ver en cómo cada color importante, en hebreo, tiene intrínsecamente en su nombre la letra Vav, intermedia en la composición de la palabra con 4 letras. La suma de los nombres de los colores parece incluir todas las letras del alefato (22), poseyendo en la 3 ubicación la letra de la conexión (Vav): Adom (rojo), Yarok (verde), Cajol (azul), Shajor (negro), Catom (anaranjado), Tzahob (amarillo), Afor (gris), Verod (rosado), y los que, en vez de sonar como “o”, suenan como “u”: Sagul (púrpura), e incluso el único de tres letras, el Jum (marrón). A diferencia de estos el blanco es Laban, y solo lleva tres letras y no posee la letra Vav. El 22 está en los 7 y sus variantes –incluyendo el Cían y el Magenta-, y cada uno se compone de 4, pues estos números representan la creación manifiesta.

 

La Guía y la Manifestación

La Luz es símbolo de claridad, verdad y aclaración (Hech. 26:23), así como de las cosas que vienen a ser manifiestas (de ahí que el parir se denomine “dar a luz”) o lo que viene a ser de guía (Apoc. 21:24). Es decir las cosas clara y abiertamente (Mat. 10:27 y Luc. 12:3). Es aquello que domina sobre las tinieblas, y en el sentido representativo, retira la ignorancia y el peligro de caer en la perdición del mal y su caos final. Enoc define así a la Primera Creación. El apóstol Felipe define de esta manera a un fuego celestial de color blanco, asociado con el Espíritu Santo y la unción. En gematría es 207 y en orden alefático es 27, igual que Pei (boca), Todáh (gracias) y Jesed (misericordia). Jesús apareció a Pablo y lo constituyó para ser “luz” a los gentiles (Hech. 13:47), para sacarlos de las tinieblas y llevarlos a la verdad (Hech. 26:18), y esa aparición fue en una luz que cejó unos días la vista del apóstol. Muchos están cegados para que no tenga cabida en ellos la luz del evangelio (2ª Cor. 4:4), que viene del mismo punto: la Luz es la raíz de todo. «Sin luz nadie podrá contemplarse a sí mismo, ni en una superficie de agua ni en un espejo; pero si no tienes agua o espejo —aun teniendo luz—, tampoco podrás contemplarte. Por ello es preciso bautizarse con dos cosas: con la luz y con el agua. Ahora bien, la luz es la unción.» (Felipe 1:75)

Felipe también escribió: «La agricultura de (este) mundo está basada en cuatro elementos: se recolecta partiendo de agua, tierra, viento y luz. Asimismo la economía de Dios depende de cuatro (elementos): fe, esperanza, amor y conocimiento. Nuestra tierra es la fe, en la que echamos raíces; el agua es la esperanza, por la que [nos alimentamos]; el viento es el amor, por [el que] crecemos; la luz [es] el conocimiento, por el que [maduramos].» (vers. 115) Ahora bien, los que han recibido la Luz verdadera, ¿cómo no van a compartirla? El que se ha iluminado de esta Luz no puede pasar desapercibido, y la Luz le ha llenado (Mat. 5:14, Luc. 8:16 y Marc. 4:21), siendo él mismo representante de la Luz y, por ende, luz a donde quiera que va. Los ojos son el espejo del alma, se suele decir, o la “lámpara del cuerpo”, pues reflejan lo que hay dentro, pero además es por donde se llena el ser: si protegemos nuestros ojos, protegemos nuestro ser. Si se envenena nuestro ser por medio de la contaminación de lo que vemos, nuestro ser será envenenado y la luz en nosotros será tiniebla (Mat. 6:22-23). Entonces, si siendo luz somos tiniebla, la tiniebla misma, que ya sojuzga, será aún más dominante y uno, en vez de ser Luz será tiniebla (Luc. 11:33).

El imperio de la noche está cerca de concluir y la luz reinará (Rom. 13:12), y con fe en esto hemos de seguir revestidos de las “armas de la luz”, que son todas y cada una de las virtudes de la verdad. Gracias a Jesús hemos sido puestos como aptos para participar de la herencia de los santos en la luz (Col. 1:12), que es todo lo puro y perfecto que está en el Reino del Hijo en las alturas. Es viviendo acorde a esta luz (1ª Juan 2:9-10), que en sí es comunión con la emanación del Padre, o sea, su luz, que la sangre de Cristo tiene validez en nosotros borrando nuestras transgresiones (1ª Juan 1:7) y llevándonos a la perfección. Es la Luz lo que efectivamente heredará el Reino de Dios.

 

Frederick Guttmann R.

One comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *