Tema 1(Módulo III) – La Naturaleza de Dios

El concepto teológico, filosófico y antropológico de Dios hace referencia a una “suprema deidad”. Pero, ¿qué es una deidad? La palabra española “deidad” procede del latín “deitas”, que significa: “naturaleza divina”. Es parecida al sánscrito “deva”, un dios o ser celestial, hijo de Diti. Esta palabra está relacionada con lo “divino” o la “divinidad”, del latín “divinus”, y ésta de “divus” (de ahí que algunos llamen a ciertas mujeres “divas”). Aunque solo en RVA se habla de divinidad y de deidad en un par de pasajes. Estas formas son traducidas de las griegas Theiotis (divinidad, naturaleza divina), en Rom. 1:20; Theótitos (naturaleza esencial de Dios, deidad, divinidad), en Col. 2:9; o Theíon (divino, divinidad, naturaleza divina), en Hech. 17.29.

Dios es el nombre que se le da en español a un ser único omnipotente y personal en religiones teístas y deístas (y otros sistemas de creencias), y quien es, o bien la única deidad, en el monoteísmo, o la deidad principal, en el politeísmo. Dios también puede significar un ser supremo no personal como en el panteísmo, y en algunas concepciones es una mera idea o razonamiento sin ninguna realidad subsistente fuera de la mente, como en los sistemas materialistas. ¿Qué es el panteísmo? El panteísmo es una doctrina filosófica según la cual el Universo, la naturaleza y Dios son equivalentes. La ley natural, la existencia y el universo (la suma de todo lo que fue, es y será) se representa por medio del concepto teológico de “Dios”. La palabra está compuesta del término griego “πᾶν” (pan), que significa “todo”, y “θεός” (theos), que significa “Dios”; así se forma una palabra que afirma: “todo es Dios”.

A menudo Dios es concebido como el creador sobrenatural y supervisor del universo. Los teólogos han adscrito (agregado, anexado) una variedad de atributos a las numerosas concepciones diferentes de Dios. Entre estos, los más comunes son omnisciencia, omnipotencia (citado en la Biblia común 31 veces), omnipresencia, omnibenevolencia (perfecta bondad), simplicidad divina, y existencia eterna y necesaria. Aunque en el caso bíblico no se cita ninguno de estas atributos textualmente, salvo la de “omnipotencia”. ¿Es Dios omnisciente? La Omnisciencia (o el punto de vista omnisciente), es la capacidad de saberlo todo, o de saber todo lo que se necesite saber en un contexto determinado. ¿Si Dios supiese todo no habría frenado la voluntad de los seres malignos mucho antes de causar su rebelión y las consecuencias que le siguieron? Dios también ha sido concebido como de naturaleza incorpórea, un ser personal, la fuente de toda obligación moral, y el “mayor ser concebible con existencia”. Estos atributos fueron sustentados en diferentes grados por los primitivos filósofos-teólogos judíos, cristianos y musulmanes, incluidos Maimónides, San Agustín, y Al-Ghazali, respectivamente. Muchos destacados filósofos medievales y filósofos modernos desarrollaron argumentos a favor de la existencia de Dios.

La aparición de la denominación “Dios” es tan antigua como tenemos uso de razón. La Biblia común habla ya de este dios que fue considerado por los romanos como el Numen, he incluso por Akenaton, fuera de la vasta cantidad de dioses venerados en el antiguo Egipto. Pero este Dios monoteísta también fue citado por edomita Job y por el profeta persa Zoroastro. Pero si alguien puede describir con mejor simplicidad lo que es Dios es el propio Jesús, empezando por revelar el verdadero nombre de Dios: UNO.

Dice Jesús en una de sus apariciones tras Resucitar: «…todos los hombres nacidos sobre la Tierra desde la creación del mundo hasta ahora son polvo. Buscan a Dios, qué es, a qué se parece y no lo han encontrado. Sin embargo, los más sabios de entre ellos han disertado sobre él fundándose en el ordenamiento del mundo y sus movimientos. Pero sus elucubraciones no alcanzaron la verdad. Pues de tres formas explicarían los filósofos este ordenamiento: de ahí que no se pusieran entre ellos de acuerdo. Unos dicen que el mundo se mueve por sí mismo. Otros, que se mueve por la providencia. Algunos más, que por el destino. Pues bien, todos se equivocan. No, ninguna de esas hipótesis se aproxima a la verdad, pues son juicios humanos. Pero yo que he venido de la Luz infinita, yo sí conozco...» (La Sabiduría de Jesucristo. Texto de Sheneset o Chenoboskion. Verso 2) Se entiende por Dios a un ser creador (demiurgo) que juega un roll controlador de las actividades del cosmos, pero su naturaleza no es explicada satisfactoriamente en los más famosos textos monoteístas, y mucho se ha dicho e inventado en la teología. Dicho dios ostenta la reputación de mantener el equilibro de la Creación y mantenerla viva, siendo el motor y raíz de todas las “existencias” (almas) del universo.

¿Qué o quién es Dios? Al hablar de “Dios” se entra en terreno genérico, donde la idea misma hace alusión a un “ser” de naturaleza “inmortal” y “sobrenatural”. La percepción hebrea llevó a considerar que solamente existe un “dios”, o sea, un ser de estas características, aunque la Biblia siempre ha sido enfática en que hay “muchos dioses”, pero ninguno de los tales es semejante a la deidad hebrea. Pablo lo reiteró al decir que «Aunque ciertamente hay llamados dioses, si en el cielo o si en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores)…» (1ª Cor. 8:5), solo debemos servir a Uno, el que presentó Jesucristo. En el universo parecen haber muchas criaturas que entran en esta definición, ya sea porque efectivamente son dioses, o porque se han pasado por tales (Gal. 4:8). Muchos de estos han sido, desde tiempo inmemorial, retratados en esculturas, esperando que interviniesen a favor de los hombres.

Si bien, el término “dios” no es un nombre propio, y más bien engloba una estirpe o naturaleza, razón por la que en hebreo se les definiese como Bnei Elohim, es decir, “raza de dioses”, toda vez que Bnei alude a “hijo”, y esta forma se usa para identifica un colectivo, dependiendo de la forma en la que se utiliza, o acorde al contexto. Es notorio esto, y hemos de recalcar que Bnei Elohim sería lo mismo que decir “dioses” colectivamente (Job 38:7), identificando a una estirpe o género. Esto no es lo mismo que la forma Bnei HaElohim, donde el artículo “Ha”, que es la letra hebrea He o Hei, se usa de forma añadida delante de un término como “el”, “la” o “los”. De modo que la estructura “haElohim” se refiere a “la deidad” o aquello que se entiende por deidad, pero Bnei haElohim, sería hijos de aquello que sería dios o lo divino, incluso posiblemente enmarcando un contexto global, histórico, como el muy conocido descenso de los ángeles caídos. Por ende, podría apreciarse como los hijos de lo que se conocía por “dios”, o del colectivo de dioses. Si bien, la forma HaElohim (el Dios, o “el que es dios”), se usaba de forma semejante en griego, donde la Escritura dice “ó Theos” (el Dios).

Las Escrituras hebreas dan razón de un solo dios al cual servir, pero esa divinidad parece contradecirse en múltiples ocasiones, y la descripción suya no coincide muchas veces con la realidad reflejada por los mismos textos. A pesar de que los hebreos presumían de que el “Dios Verdadero” era el suyo, y se les había mostrado en contadas ocasiones, el apóstol reconoció que a Aquel verdadero ser «nadie lo ha visto jamás» (Juan 1:18). Jesús mismo increpó a los israelitas, diciendo: «Vosotros no lo conocéis.» (Juan 8:55). Entonces, ¿de quién hablaron los profetas? La enseñanza de Jesús sobre la oración es aún más clara al respecto, pues deja notar que hay un “Padre Verdadero”, pero está en “los cielos”, y que su “nombre” debe ser “santificado”, a razón, se entiende, de la mala reputación que tiene y de cómo su identidad real ha sido obnubilada por la actividad de otros dioses y señores, llegando al grado de controlar y engañar a los propios hebreos: «otros señores a excepción de ti se han enseñoreado de nosotros» (Isa. 26:13). Se habla de dioses, de reyes y de señores, categorías o títulos, en muchos caso, de entidades sobrehumanas, que están controlando el mundo.

Por la naturaleza misma del mensaje bíblico y del monopolio religioso, el uso de las Escrituras del canon oficial es insuficiente para rellenar estos vacíos de información. No obstante, el resto de referencias, junto con lo que se puede sacar de la “Biblia”, deja notar que seudónimos como “Elohim”, “Jehovah” o “Adonai” englobaban una actividad de más de una deidad y un conflicto de intereses entre varias facciones de “seres” que se hacían pasar por Dios, o, efectivamente, representaban a Dios. Por otra parte, Jesús y sus emisarios enseñaron, no solo que la concepción habitual de “dios” es errada, sino que por encima de la idea del susodicho hay mucho más. En los antiguos manuscritos se habla del Rey de Paz y Rey de Justicia (Melquisedec), quienes algunos asocian con el Anciano de Días o Cabeza de los Días, mientras otros lo definen como “el Rey del Mundo”. Se habla asimismo de Adonai (Señor) como amo de los espíritus o vientos y de las fuerzas, huestes o ejércitos. Si bien, un Anciano de Días es mencionado en la Biblia tres veces, pero no como el nombre propio de alguien, sino denotando que era alguien que tenía la apariencia de Atik Iomin, o Atik Iomia, es decir, en arameo denota un “muy mayor” (sencillamente no hay nada que vincule a este ser que vio Daniel con Melquisedec).

En todo caso, el aspecto más controversial radica en cómo la deidad regente de este planeta representaba a un conjunto de divinidades polémicas conocidas como “Elohim”, o simplemente adoptaba su designación. El seudónimo Elohim pasó de ser un nombre singular a volverse plural y posteriormente constituir un apelativo que, acorde a la situación, podía ser singular o plural. El aspecto representativo de la actividad de Dios fue expresada a los humanos por medio de mensajeros de naturaleza aparentemente no humana, que identificaban a “Jehovah” como nombre de ese Dios. El propio Jehovah, o llámesele más correctamente Iaheveh o Iahoh, parecía revelarse de vez en cuando y mostrar una apariencia muy humana, aunque con matices fuera de lo normal, lo cual ratifica que la mayoría de apariciones fueron realmente de ángeles, no de Dios. Ambos nombres, o figuras, “Iaheveh” y “Elohim” (originalmente Elhim), mostraron estar vinculados de algún modo antes del Diluvio, tras lo cual comenzaron a mostrar una rivalidad en perspectivas sobre la manifestación de la divinidad. Si bien, esto no es notorio en las traducciones bíblicas, y solo se aprecia haciendo comparativas en la propia raíz hebrea.

De un modo general, Adonai englobó tanto la persona de Iaheveh como la de Elohim, en lo que a los israelitas se refería. Él, identificado por Jesús como «mi Padre», se vio forzado a luchar con los otros usurpadores de su identidad, tales como Enki y su hijo Marduk, o lo hermanos Ishkur, Ninurta y Nannar, todos estos nombres con los que se les conocían en Mesopotamia. Toda la historia del mundo radica en la lucha entre todos estos dioses y su hegemonía, los cuales no tienen nada que ver con la verdadera realidad de Dios que trasciende los Cielos. En las revelaciones cristianas posteriores a la Ascensión de Jesús se deja de manifiesto que la primera idea de “Dios” proviene de “más Arriba” de Adonai, tanto en poder, origen y reino. La representación de Dios comenzaría con el “Hijo” del Gran Espíritu Invisible y de ahí se desglosa o deriva a todo su reino y a la raza de los primeros adámicos y setitas del Reino Celestial de aquella primera Creación. Posteriormente, tras la Rebelión de Sakla, muchos tomaron este título y engañaron al mundo.

Del Gran Espíritu Invisible, el Inefable, surgió Domedón Doxomedón (nombre que mayormente aparece mencionado en el 1º Tratado de Set), quien identifica al Padre Universal. Inmediatamente se manifiesta el Seno del Padre, del cual sale la raza celeste, la imperecedera, que representa a Dios por medio del Humano Perfecto de esos reinos, a quien Cristo puso en su lugar. Este es el Padre Celestial, del cual Adonai es imagen en nuestro mundo. Esto lugar sería de donde toma nombre el apelativo de Elohim, originalmente, y constituye lo que posteriormente se conocería en su extensión como “Espíritu Santo”. Se cree que Adonai y Melquisedec son los herederos del reino del mundo venidero que, con Cristo, están quitando a las autoridades (los falsos dioses, los usurpadores), para crear un “nuevo Cielo” y una “nueva Tierra”.

 

El Primero

La primera letra del alfabeto arameo, acadio y fenicio estaba dedicada al “Toro”, no obstante, Abraham la adoptó para dedicarla al “Dios Único”, en la lengua hebrea, como se interpreta que lo había denotado tiempo atrás Enoc. La letra “A” (Alef) es de donde derivan los nombres “El”, “Alá”, “Elohim”, mientras de la Ain viene “Elión” (“El Grande” o “El Altísimo”). Sobre este “Supremo” –o “fuerte” como se entiende la voz El etimológicamente-, se lee en la revelación de Juan: «Y los cuatro vivientes […] no cesaban de estar día y noche hablando: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir.» (Apocalipsis 4:8) ¿Pero qué es ser tres veces santo? El dios contrario a los conocidos por la humanidad, es realmente puro.

Los hombres siempre hemos querido saber quién es el Padre, de dónde salió, cómo es, dónde está, cuándo apareció, quién le hizo; pero el Padre puede no estar tal lejos de nosotros: «Y nosotros hemos sabido y creído el amor cual tiene el Dios en nosotros. El Dios es amor; y el que permanece en el amor, en el Dios permanece, y el Dios en él permanece.» (1ª Juan 4:16) Si Dios es amor, entonces hay que analizar que la imagen de Dios en el pasado no pudo ser revelada debidamente por alguna razón de peso, y no fue sino hasta que Jesús habló de su verdadera naturaleza, que el verdadero Dios fue conocido como realmente es. Asimismo, si estamos en amor Dios está en nosotros, pero entonces, ¿él y nosotros somos el mismo? No, pero él está dentro de quien le da lugar en su ser, permitiendo que sea un templo para su Espíritu. Claramente Dios es Espíritu (Juan 4:24), no físico, y es su Espíritu el que, si no tenemos el cuerpo (templo) en condiciones, no puede en nosotros residir: «Y dijo Iaheveh: No contenderá mi espíritu en Adán para siempre, por cuanto él es carne…» (Génesis 6:3) Aquí se nos aclara que nosotros somos carne y Él no lo es, mas somos UNO con Él en el espíritu si habitamos en el amor.

Escrito está por boca de Jesucristo un ejemplo semejante: «Pero no pido esto solo en cuanto a éstos, sino en cuanto a los que han de creer en mí a través de la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y en ti, de modo que también ellos en nosotros uno sean; de modo que el mundo crea que tú me enviaste. Y la gloria que [me] diste, yo les he dado, de modo que sean uno, como [nosotros] [somos] uno.» (Juan 17:20-22) Hemos de comprender que se nos habla espiritualmente como a seres espirituales en cuya senda nos mantenemos, y no bajo los parámetros de la carne, porque en este orden nadie verá a Dios (Heb. 12:14); pues él no es carne, de hecho, Él no es nada de lo que Él mismo haya creado porque esto lo haría inferior a su propia creación. Nada puede crearse a sí mismo.

Podemos leer claramente la Escritura, que dice: «Ninguno ha visto jamás [a] Dios. Si nos amamos unos a otros, el Dios en nosotros permanece, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.» (1ª Juan 4:12) Igualmente está escrito: «[A] Dios ninguno vio jamás; el [hijo] unigénito [de] [Dios], que está en el seno del Padre, [es] quien [lo ha] descrito.» (Juan 1:18) De manera que como nadie puede ver a Dios en lo físico, porque no es materia, Él envió a su Hijo para que a través de la carne, que es de la dimensión de la materia, pudiésemos contemplar lo que del Invisible es manifiesto: amor, benignidad, inmortalidad, eternidad, vida, bondad, majestad, misericordia, paciencia, paz, armonía, sabiduría, inteligencia, poder y dominio. A su vez, es Jesús quien nos ha descrito cómo es realmente Dios, y quién es, aunque de esto solo haya algunos menciones en los evangelios oficiales.

Jesús tuvo que venirnos a presentar al Padre porque nosotros no le podemos discernir ni apreciar, pues «Del Norte viene oro sobre Eloah, temible majestad. Shadai no hallamos mucha fuerza; Y juicio y multitud de justicia no responderá. Por tanto le temerán personas; no verá todo [que se cree] sabio de corazón.» (Job 37:22-24) Ya que estamos muertos por causa de la práctica del pecado, y por misericordia llamados a la “redención”, hemos dependido de intermediarios, fuese sacerdotes o profetas, toda vez que el hombre en sí mismo no tiende a buscar a Dios, y los que lo hacen no necesariamente aciertan en su búsqueda. Mas ahora, con Jesús, todos llegan al Padre por medio del Espíritu que ahora ha descendido a habitar en los que guardan sus mandamientos. Moisés quiso ver a Dios, pero a pesar de ser un gran hombre, y de carácter manso (Núm. 12:3), Iaheveh le contestó claramente: «…no podrás ver la cara, porque no me ha visto el hombre y vive. Y dijo Iaheveh: He ahí lugar conmigo, y tú estarás sobre el peñasco; y será en (cuando) cruce mi gloria, y te pondré en la cueva del peñasco, y te cubriré con mi palma hasta que cruce. Después apartaré mi palma, y verás lo posterior; mas mi cara no [se] verá.» (Éxodo 33:20-23)

 

Quién es Él

Si indagamos en las palabras reveladas, descubrimos que el Padre Celestial es Espíritu, y no habita donde hay maldad; más bien donde está todo aquello que es espiritual. Se puede deducir leyendo detallada y detenidamente la Biblia, que “Dios” tiene representantes, y éstos toman de Él su nombre, de modo que a donde vienen de su parte se definen como “Dios” (en el caso hebreo, el término que defina apropiadamente su misión, categoría y virtud divinas). A medida que se sube hacia la Luz pura y verdadera, se aprecia que hay un “dios” que representa al Eterno en lo que engloba ese cielo, y así, a medida que se sube y sube, otro dios superior gobierna, y representa al Eterno, pues solo la Luz pura y verdadera puede ir reflejando la naturaleza de Dios, que directamente es imposible de contemplar, percibir, ver, concebir o contener. Debido a esto se aprecia en varios textos parabíblicos, como los definidos pseudoepígrafes judíos, donde los profetas que viajan al cielo superior, no van con este cuerpo, como ejemplos de Enoc (ver Libro de Enoc), Isaías (ver Ascensión de Isaías) o el propio Jesús (ver Evangelio Valentino, o de Valentín).

El rey Salomón, al construirle el Primer Templo a Dios, sostuvo: «Pero, ¿es verdad que se sentará Dios sobre la Tierra? He aquí, los cielos y el Cielo de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he construido?» (1ª Reyes 8:27) En lo que respecta al Padre, se sabe que “delega” su creación, y que ha instituido quienes deben “sujetar” la creación en tanto que exista maldad en ella. Y por esta razón fueron hechos los estamentos de la creación actual, mas que hay dioses más grandes que otros, se ha hablado de “Dios de dioses”, “Dios de los dioses” o “Dios entre los dioses”; y al respecto fue escrito también: «Y Melqi-Tzedek, rey de Shalem, quien sacó pan y vino, y él [es] sacerdote para El Elion…» (Gén. 14:18) Y otro ejemplo puede apreciarse en Gén. 17:1, cuando dice «Y era Abram hijo de noventa años y nueve años, y vio a Iaheveh, Dios de Abram, y le dijo: Yo soy El Shadai…» (Gén. 17:1) Es notable que no se usa una única forma para referirse a la deidad (El = Alef-Lamed = Dios), y no se explica qué significa la forma con la que se presentan, lo cual deja notar que pretenden resaltar una distinción con respecto de otros dioses.

Además de mencionarse el dios Shadai y el dio Elion, se aprecia mayormente a Iaheveh, pero no como Dios (el, en singular), sino como dioses (Elohim, en plural), aspecto que deja entre ver una relevancia mayor de Shadai y Elion (suponiendo que no fuese el mismo) con Iaheveh, el cual no deja de tener superioridad, y personificar el demiurgo: «Así dice el Dios, Iaheveh, creador de los cielos, y el que los estira; extiende la tierra y sus productos; da aliento al pueblo sobre ella, y espíritu a los que por ella andan…» (Isaías 42:5) en este caso sí usa la forma singular, El, no la de Elohim o Elohei, porque quiere denotar su carácter de representante de la figura divina. El dios legítimo de este mundo, y de nuestro sistema, es también uno de los principales dioses legítimos de todo el conjunto de sistemas que conforman esta porción del cielo, que poseen sus respectivos cielos (cielos dentro de cielos). Ese mismo dios, Adonai, fue partícipe de la creación de estos cielos y esta Tierra, y recibe de más arriba el derecho de personificar al Dios elevado, para que sea conocido, dado que al ser invisible, y de no ser por Adonai y Jesús, no sabríamos de su existencia, salvo por algunos mitos ambiguos. Pablo dijo en el areópago: «El Dios que hizo el mundo y todo en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos manualmente, ni es servido (curado) por manos humanas, necesitando a alguien; Él es quien da a todos vida y respiración y todas [las cosas].» (Hechos 17:24-25)

Pero la verdad sobre quién es, y cómo es, el Único Dios Verdadero, fue claramente descrita por su Hijo Unigénito a Juan, mucho tiempo después de la resurrección de Jesús: «Cuando [yo, Juan,] le pregunté si podría comprender esto, él (Jesús) me dijo: “El Uno es un soberano que no tiene nada sobre él. Es Dios Padre de todos, el Uno Invisible que esta sobre todo, que es imperecedero, que es luz pura que ningún ojo puede ver”. “Es el Espíritu invisible. Uno no debe considerarlo como un dios, o igual que un dios, Pues es más grande que un dios, porque no tiene nada sobre él y ningún señor sobre él. No existe dentro de nada que sea inferior a él, ya que todo existe únicamente dentro de él. Es eterno, toda vez que no necesita nada. Porque es absolutamente completo: nunca ha carecido de nada para ser completo. Sino que siempre ha sido absolutamente completo en la luz. Es ilimitable, toda vez que no hay nada que lo limite. Es insondable, toda vez que no hay nada ante él que lo sondee. Es inconmensurable, toda vez que no había nada ante él que le midiera. Es inobservable, toda vez que nada le ha observado. Es eterno, y existe eternamente. Es inexpresable, toda vez que nada podía comprenderlo para expresarlo. Es innombrable, toda vez que no hay nada ante él que le dé nombre”. “Es la luz inconmensurable, pura, santa, brillante. Es inexpresable, y es prefecto en su inmortalidad.» (Libro Secreto de Juan 2:1-9)

Pero su descripción no termina acá: «No es que forme parte de la perfección, o de la bienaventuranza, o de la divinidad; es mucho más grande. No es corpóreo ni incorpóreo. No es grande ni pequeño. Es imposible decir: “¿Cuánto es?” o “¿De qué clase es?” pues nadie puede comprenderlo. No es una entre muchas cosas que existen: es mucho más grande. No es que sea realmente más grande. Sino que como es en sí mismo, no es una parte de los mundos ni del tiempo, porque cualquier cosa es parte de un mundo fue producida una vez por otra cosa. No le fue asignado tiempo, toda vez que no recibe nada de nadie. Eso sería un préstamo. El que existe primero no necesita nada de uno que es posterior. Al contrario, el posterior alza la vista ante el primero en su luz”. “Porque el perfecto es majestuoso; es puro e inconmensurablemente grande. Es el Mundo que da un mundo, la Vida que da vida, el bendito que da bienaventuranza, el Conocimiento que da conocimiento, el Bueno que da bondad, la Misericordia que da misericordia y redención, la Gracia que da gracia. No es que sea realmente así. Sino que da luz inconmensurable e incomprensible”. “¿Qué debo deciros sobre él? Su reino eterno es imperecedero: es tranquilo, es silencioso, está en reposo, y está ante todo. Es la cabeza de todos los mundos, y los sostiene por medio de su bondad”. “Sin embargo, no sabríamos…, no comprenderíamos lo que es inconmensurable, de no ser por uno (Jesús) que ha venido del Padre y nos ha dicho estas cosas”.» (Libro Secreto de Juan 2:10-22)

En este escrito, Jesús termina explicando la naturaleza verdadera de Dios, de esta forma: «Porque el Perfecto se contempla a sí mismo en la luz que lo rodea. Este es el manantial del agua de vida que produce todos los mundos de todas las clases. El Perfecto contempla su imagen, la ve en el manantial del espíritu y se enamora del agua luminosa. Este es el manantial de agua pura, que rodea al Perfecto”.» (Libro Secreto de Juan 3:1-2) Abraham escribió hace unos 4.000 años: «Mi Dios Uno, Creador Universal, no tiene principio: es eterno. Los hombres son sus hijos y Él su herencia.» (Texto del Testamento Secreto de Abraham 1:1) Otra explicación procede del profeta Enoc, quien escribió: «Y Rafael, Miguel, Uriel y Gabriel dijeron al Señor del cosmos: ‘Tú eres nuestro gran Señor, el Señor del cosmos, el Dios de dioses, el Señor de señores y el Rey de reyes; los cielos son el trono de tu gloria por todas las generaciones que existen desde siempre; toda la tierra es el escabel ante ti para siempre, y tu nombre es grande, santo y bendito por toda la eternidad. Eres tú quien todo lo ha creado y en ti reside el poder sobre todas las cosas; todo es descubierto en toda su desnudez ante ti; tú lo ves todo y nada se te puede esconder’.» (1ª Henoc 9:4-5)

Es trascendental entender quien es el Padre Celestial porque en ello radica el desarrollo de la Vida Eterna: «Y ésta es la eterna vida, de modo que te conozcan a ti, el único verdadero Dios, y a Jesús Cristo, a quien has enviado.» (Juan 17:3) La vida consiste en conocer y seguir conociendo al verdadero Padre, y para esta labor la única herramienta valida es ser inmortal, ya que una vida no es suficiente para comprender los que Él es. Según atestiguan muchos de estos manuscritos, podemos resumir que el Padre Universal, también conocido como Espíritu Virgen, el Inefable o el Perfecto, no es posible de ser comprendido o alcanzado, y lo más grande de la creación, que es la máxima Luz Pura es solo un reflejo de Sí Mismo. Su Pensamiento es llamado Barbeló o Barbelon es múltiples textos del Egipto del siglo I-III, y de Éste surgió su Palabra, creando 3 Poderes y 3 Potencias, que son la personificación del Padre Celestial. De estos 3 salieron 8 virtudes, cada uno, formando 24, y de las 8 pertenecientes a una de ellas, la del Hijo, salió la raza imperecedera. Todos estos representan la idea de Dios, y quienes están ahí constituyen el Espíritu Santo, o sea, el Seno de Dios. Posteriormente, cuando del 12º reino de los imperecederos fue creado el mundo, y los dioses que en él hay, uno de ellos asumió la responsabilidad de representar a Dios –derecho que le fue legitimado desde la gloria de Arriba-, poniendo con Él a la Sabiduría de Dios, o Espíritu de la Sabiduría, y grandes ejércitos, por lo que se llamó Señor de los Ejércitos (en hebreo, Adonai Tzbaot, que otros transliteran Adonai Sabaot).

 

Frederick Guttmann R.

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