Tema 1 (Módulo V) – El Ministerio de Jesús

¿Quién es Jesús?

«…habéis de saber que en esta provincia que gobierno, única entre las ciudades en cuanto al nombre de Jerusalén, el pueblo en masa de los judíos me entregó un hombre llamado Jesús, acusándole de muchos crímenes que no pudieron demostrar.» (Carta de Poncio Pilatos a Tiberio César) Solo en las últimas décadas se ha empezado a desprestigiar la figura de Jesús y poner en duda su historicidad. El historiador judío Tito Flavio Josefo habló sobre Jesús en un par de ocasiones, entre las que destaca un popular texto que reza: «Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre; porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los príncipes responsables de entre los nuestros, Pilato lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día de nuevo vivo: los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos que de él toma nombre.» (Testimonium Flavianum, 93-94 d.C.)

En otra carta, un residente de Judea, a principios del siglo I, bajo el reinado de Tiberio César, llamado Publius Lentrelus, habló sobre Jesús, diciendo: «Vive en este tiempo en Judea un hombre de virtud singular cuyo nombre es Jesús Cristo, a quien los bárbaros estiman como un profeta, pero sus seguidores lo aman y adoran [como] vástago del Dios inmortal. Él llama a los muertos de las tumbas y sana todo tipo de enfermedades con una sola palabra o tacto. […] Su discurso completo ya sea en palabra u obra, siendo elocuente y grave. […] sus modales son excedentemente placenteros, pero Él ha llorado frecuentemente en la presencia de hombres. Él es templado, modesto y sabio.» Estos dos últimos textos se pueden encontrar en el libro de E. Raymond Capt, “La Tumba de la Resurrección”, y sus fuentes aparecieron por primera vez en los escritos de Sant Anselm de Canterbury, en el siglo XI. Mucho más hay desde el punto de vista histórico, incluyendo al médico sirio Lucas, de Antioquía, que, no solo existió Jesús, sino que las obras que hizo fueron testificadas por muchos, incluso su resurrección y ascensión: «Estos relatos independientes demuestran que en la antigüedad ni siquiera los opositores del cristianismo dudaron de la historicidad de Jesús, que comenzó a ponerse en tela de juicio, sin base alguna, a finales del siglo XVIII, a lo largo del XIX y a principios del XX.» (The New Encyclopædia Britannica, 1995)

Conocido por el nombre de Jesús, este personaje, primeramente histórico, cambió la historia (antes de Cristo y después de Cristo) y cumplió todas las cosas que se habían profetizado sobre “aquel que habría de venir”. Se le llama Jesús por la transformación de la voz latina Iesus, pero originalmente era un nombre hebreo o arameo. Si bien, los textos griegos son los más fiables con respecto de la autenticidad del nombre, toda vez que los originales hebreos no se conocen –al menos oficialmente. En griego se le dio el nombre de Ihsous, que unos leen Iesous y otros Iisous. Esta “i” que sería realmente una “h” apoyaría la afirmación de que el nombre real de Jesús debió iniciar con las letras hebreas Iud y He, igual que la de muchos otros personajes hebreas, pues constataba la manifestación de IH (Yah), nombre abreviado de Iaheveh. Traductores bíblicos usaron la forma hebrea Yeshua o Ishua, en consonancia con un nombre común del antiguo Israel (que se trascribe como Jesúa), y en griego es Ihsoi o Isou. No obstante, algunos han sostenido que el nombre común del siglo I era más el de Ihoshua o Ihoshea (Josué, Oseas), apoyándose de que también la Septuaginta llama al sucesor de Moisés, Ihesous, que en hebreo es Ihoshua.

Los nombres Yeshua o Ioshua significan “Salvación”. La forma sola de “Shuá” alude a salvación, mientras que la Yud identifica a Dios, la divinidad y el Cielo. Algunos sugieren o ven en el nombre “Jesus”, como “Ye-sus”, una designación hebrea de “seré caballo”, tanto despectivo, o relativo al poderío, como refiere Apoc. 6:2 y 9:11. Jesús es el nombre que recibe “el Hijo” (entendido como Imanuel) del Padre Celestial, cuando viene a la Tierra antes de manifestarse como rey y Mesías (Ungido y Salvador), para dar a “su pueblo” (tanto israelitas de linaje que le acepten, como a quienes aceptan a Cristo en general) Salvación de sus pecados y, aún con todo, hace que todo lo profetizado sobre él se cumpliera. Nació en Belén Efrata en Judea, según se calcula, fuera de invierno (pues los pastores no sacaban a las ovejas en las noches heladas, recordando Luc. 2:8); incluso, según ciertos matemáticos, su natalicio fue un 11 de septiembre (aunque el año puede variar hasta casi el 6 a.C., o incluso el 11 a.C.). Si bien, su madre y José el carpintero recibieron oro, incienso y mirra para el niño –rondando los 2 años de edad-, lo cual ayudó a que no dependiera nunca de nadie (además del precio del oro, el incienso y la mirra estaban muy cotizados en Oriente y tenían un alto valor comercial). Posteriormente fueron a Egipto hasta la muerte de Herodes el Grande, la cual está fechada en el 4 a.C., lo cual podría suponer que Jesús no estuvo mucho tiempo en Egipto realmente, pues Herodes Arquelao, sucesor de su padre, inició su reinado a finales de marzo del año 4 a.C.: «Y estuvieron 7 años en Egipto, hasta que Herodes murió.» (Evangelio Ammonio 1:19). De manera que José llevó a Mariam (María) y a Jesús a la ciudad de Nazaret en Galilea de los gentiles.

Algunos textos extra-bíblicos aducen que José murió cuando Jesús tenía 14 años de edad y había dejado a Mariam con varios hijos, entre los que estaban Judá (Judas), Simón (Simeón), José y Jacobo (Jaime, Santiago) y varias mujeres (Mat. 13:55 y Marc. 6:3). Después de que Juan el bautista iniciara su ministerio, Jesús comenzó el suyo, siendo «como de 30 años.» (Luc. 3:23). El “Volumen Archko”, en el capítulo de “La Entrevista de Gamaliel” –de escritos guardados por el Vaticano, de la época de Jesús-, dice que Jesús era conocido ya con 26 años, coincidiendo con la aproximación de Lucas. Tras ser bautizado por Juan fue al desierto por 40 días, donde fue tentado por Satán. Comenzó su ministerio en Galilea y las regiones aledañas, y se entiende, por el contexto bíblico, que su ministerio en Israel duró unos 3 años y medio, después de lo cual terminó de cumplir las partes más importantes de su misión: morir y Resucitar. Tras su Resurrección, a finales de la Pascua, enseñó a sus apóstoles cosas especificas por 40 días y entonces fue subido al Cielo. Las profecías advierten del regreso de Jesús para llevarse a sus Escogidos antes del reinado de la Bestia, y exponen que Cristo y los suyos estarán seguros por 3 años y medio fuera de la Tierra. Al pasar este tiempo regresarán para regir el mundo por 10 siglos. En ese momento muere Satán y tiene lugar el Juicio, pero en esto Jesús y sus Escogidos parten para manifestarse al resto de la Creación (Ef. 3:10). Jesús representa el liderazgo de la monarquía en Israel, en la Tierra y en todo estamento en el universo, por lo que lo llaman “rey de reyes y señor de señores”, y se asocia con el número 12.

Se dice que nació alrededor del Siglo I en Belén, una región de Efrata, zona de Benjamín, que vino a pertenecer a Judea. Se dice que a la muerte de Hordos (Herodes) I volvió a Iehudeah (Judea) desde Egipto, lo cual habrían solo 4 años de diferencia entre su regreso a Judea y su debate en Jerusalén con los doctores de la ley (Luc. 2:46). ¿Por qué no tuvo ese debate antes, si se dice que su familia tenía por costumbre subir a las fiestas cada año? La cuestión es que las fechas podrían estar muy cambiadas de cómo se suele fijar. Jesús fue hijo de Mariam, hija a su vez de Joackim y Ana, de ascendencia levítica, y el padrastro de Jesús era José, de ascendencia judía (Mat. 1:16). «Y el Señor ciertamente preparará una vía para su pueblo, a fin de cumplir las palabras que habló Moisés, diciendo: El Señor vuestro Dios os levantará a un profeta, semejante a mí; a él oiréis en todo lo que os dijere. Y sucederá que todos aquellos que no quieran escuchar a ese profeta serán desarraigados de entre el pueblo. Y ahora bien, yo, Nefi, os declaro que este profeta de quien habló Moisés era el Santo de Israel; por tanto, juzgará con justicia.» (1ª Nefi 22:20-21) Nefi había profetizado varias veces, justo en el tiempo previo a la deportación, sobre la venida del Ungido: «Y he aquí, él ha de venir, según las palabras del ángel, 600 años después del tiempo de la salida de mi padre de Jerusalén. Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él lo soporta; lo hieren y él lo soporta. Sí, escupen sobre él, y él lo soporta, por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hombres.» (1ª Nefi 19:8-9)

Hay muchas historias sobre el inicio de cómo Jesús comenzío su vida nacido en la carne y experimentó las mismas cosas que cualquier persona, de modo que no conociese perfectamente y su juicio fuese verdadero. No obstante, muchas de estas historias son contradictorias, ilógicas o incongruentes, aunque se pueden hallar referencias entre todas ellas a cosas más afines con la realidad: «Jesús tenía 24 años cuando llegó a Persia camino de su hogar. Y se detuvo en muchas aldeas, ciudades y pueblos para enseñar y curar. Los sacerdotes y autoridades no le recibían bien porque les censuraba la crueldad con que trataban a la gente de rango inferior.» Esto se apoya de la referencia sobre Jesús que se afirmó que existía en un templo del Tíbet. El texto que habla del paso de Jesús por Persia, es de extraña procedencia, pero encaja con el patrón observable posteriormente en la vida y enseñanzas del Señor: «Jesús permaneció 7 días más en las llanuras de Shinar, y en compañía de Ashabina meditó sobre las necesidades de los hombres y sobre la manera en que los sabios podrían servir mejor en la era que se aproximaba. Luego Jesús partió, y después de muchos días cruzó el Jordán de camino a su tierra. Y enseguida llegó a su casa de Nazaret. El corazón de su madre se llenó de gozo; hizo una fiesta para él e invito a todos sus familiares y amigos. Pero a los hermanos de Jesús, a quienes no se les diera tanta atención  y sí a alguien a quien consideraban un simple aventurero,  no quisieron asistir a la fiesta. Se burlaban con desprecio de las palabras de su hermano, y le llamaban indolente, ambicioso, vano, indigno, buscador de fortuna, deseoso de la fama de este mundo, que tras muchos años de búsqueda vuelve a casa de su madre sin oro ni ninguna riqueza. Pero Jesús llamó a solas a su madre y a su hermana Miriam y les habló de su viaje a Oriente. Les contó las lecciones que habían aprendido y las obras que habían hecho. A otros no quiso contarles la historia de su vida.» (Vida y Obras de Jesús en Tíbet e India Occidental 3:1-3 y 8:16-22)

 

¿Por qué le llamaron el Cristo?

El nombre “Cristo” es la modificación lingüística del vocablo griego (Jristos), que es el equivalente del hebreo Mashiaj, es decir “Mesías” o “Ungido” (Juan 1:41). Quienes han experimentado lo que es conocer a Jesús lo relacionan con el Ungido que había sido prometido desde antes de la fundación del mundo (1ª Pe. 1:20). Esto no solo se puede apreciar en lo personal, sino conforme a todo lo ratificado por él a lo largo de su vida, y que corresponde con las palabras que advertían sobre un “sucesor de Moisés” y un “sucesor de David”. Es notorio que la voz griega Jristós tiene Jrísma (ungüento, perfume, unción), la misma raíz que se abrevia en el crismón XP (pronunciado “Jr”). La “Jr” da lugar a las voces Jristós –escrito, no con Iota, sino con Heta- (valedero, bueno, honrado, útil, aprovechable, benignidad, clemencia, misericordioso, servicial, bienhechor, propicio, virtuoso, valiente, benévolo…), Jristírios (oráculos, palabras proféticas), Jrimatistis (hombre de negocios), y Jríseos –en vez de Iota la Ypsilon- (oro), Jrisólito (crisólito). El término Jristos (Ungido) sale del adjetivo verbal Jrío, que significa: tocar ligeramente, rozar; frotar, untar, embadurnar, ungir; bañar, teñir. De su raíz deriva “cristalino” o “cristal”, es decir, algo transparente o traslúcido. El término Cristo es utilizado en el Nuevo Testamento, pues era el tiempo del idioma griego como lengua internacional.

El Mesías denota 3 principios: monarquía, profecía y sacerdocio. Estos 3 eran los elementos simbólicos que mostraban la llegada del Ungido –por eso eran “ungidos” para dichos títulos (rey, profeta y sacerdote). Es más, la palabra hebrea Nebií (profeta) es 9, 27 y 63 en gematría, Cohen (sacerdote) es 3, 30 y 75, y Melej (rey) es 9, 36 y 90, y sumados en el sistema largo (63, 75 y 90) es 228, que es la misma cifra de Qerub y de Etz Jaiím (Árbol de la Vida). En la suma del sistema básico (9, 9 y 3), suman 21, que corresponde con la letra Shin (fuego, chispa divina). Estos tres elementos no han sido considerados por la mayoría, es más, esta idea propiamente dicha no fue entendida en su momento por los religiosos judíos, los cuales solo atribuían al Mesías la sucesión del trono de David. El nombre de Mesías denota a la persona que ha sido nombrada para ser salvador y libertador, por lo que sería el remplazo de Moisés (líder religioso y legislativo). Al ser Ungido, como propiamente se entiende en la cultura hebrea, se refiere a alguien que ha sido nombrado o titulado como representante de Dios. En relación a la promesa de “el que había de venir”, los hebreos usaban definiciones como Shiloaj o Shiloh (Enviado) y Mashiaj (Ungido). Al decir que es Enviado, se presupone que viene con un objetivo concreto. Shiloaj, el Mashiaj, viene a ser para Israel el Salvador de la nación –en relación al liderazgo y soberanía por encima de los enemigos del país- y rey según la línea sucesoria del rey David, pero en las referencias ocultas en los salmos y los profetas se enfoca esta Salvación desde el punto de vista espiritual.

Los israelitas esperaban que el Enviado viniese para liberarlos de sus enemigos y tomar el reino davídico desde el punto de vista del poder militar, conquistador y libertador. Por su parte, en el cristianismo, solo suele verse como una parte de Dios y un rey del mundo, dado que no hay una información conceptual y completa sobre la figura del Mesías en conformidad con el contexto bíblico e histórico de los israelitas, razón que ha de comprender se la frase: «el Mesías de Israel.» En hebreo, Mashiaj se escribe con Mem, Shin, Yud y Jet (358 en gematría y 52 en orden alefático), donde 52 es la misma cifra de Nefesh (alma), Tikváh (esperanza), Zmoráh (pámpano) y Pesher (interpretación), reflejando a las gentes recibiendo de Dios la verdad y la vida: «Y mi padre dijo que [un profeta] bautizaría en Betábara, del otro lado del Jordán; y también dijo que bautizaría con agua; que aun bautizaría al Mesías con agua; y que después de haber bautizado al Mesías con agua, vería y daría testimonio de haber bautizado al Cordero de Dios, que quitaría los pecados del mundo. Y aconteció que luego que mi padre hubo dicho estas palabras, habló a mis hermanos tocante al evangelio que sería predicado entre los judíos, y también concerniente a que los judíos degenerarían en la incredulidad. Y luego que hubiesen dado muerte al Mesías que habría de venir, y después de haber sido muerto, resucitaría de entre los muertos y se manifestaría a los gentiles por medio del Espíritu Santo.» (1ª Nefi 10:9-11)

En hebreo, Mashiaj, que traducen Mesías, representaría un salvador o libertador, pero, según la ideología y mentalidad de los judíos, éste papel no tenía anda que ver con el alma sino con las armas. El Mesías, realmente, era el profeta esperado y el rey esperado, ambos en uno, y, además, un nuevo sacerdote, distinto al orden anterior. Si bien, con respecto del reinado, Jesús dejó claro que su venida sería “después” para ese papel, puesto que antes debían tener lugar una serie de acontecimientos y sellos fijados, y él mismo debía preparar el terreno (primeramente espiritual). Jesús, además de ser lo profetizado con respecto de profeta y rey, era, nada más ni nada menos, que la Palabra de Dios y la Luz, que fue introducida en la carne. El mismo que fue figura por medio de la cual todos los hombres del universo fueron creados (Mat. 16:13 y Juan 10:29-34), el Hijo único del Padre Universal. ¿Cuál fue su objetivo en la Tierra hace 2000 años? Enseñarnos con su ejemplo y poder –que recibió del Padre- lo que es ser realmente un hombre (Hijo de Dios: Juan 1:12), eliminar el sistema de pecado-muerte -como se advierte en Dan. 9:24-27- y destruir el poder de la muerte (proceso que inicia con su posesión de las Llaves de la Muerte). Su intención, en cuanto a la enseñanza personal, consistía en exponer cómo ha de ser la vida de un hombre verdadero, y cómo es la nueva oportunidad de vida en él. Explicó que él es el legítimo heredero del gobierno del planeta Tierra y del universo (Heb. 1:2). A quién creyese en él y le aceptase le brindaría la oportunidad de vivir eternamente de forma incorruptible y física (Dan. 12:2), no sin antes darle el regalo de remitir sus pecados (todo esto, claro, con una iniciación, llamada “bautizo”). Toda esta autoridad la recibió del Padre Universal, y con sus obras fue glorificado, es decir, se reconoció su calidad honorífica y derecho de adquirir la soberanía.

El movimiento que comenzó desde entonces, fue el que todos vinieron a conocer como cristianismo, y que en el siglo IV desapareció, viéndose absorbido y robado por el catolicismo. Cerca del año 116 d.C., el historiador romano Cornelio Tácito narra el pavoroso incendio de Roma del año 64 d.C. Se sospechaba que el incendio había sido ordenado por el emperador Nerón, y Tácito escribe que «para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos, aborrecidos por sus ignominias. Aquel de quien tomaban nombre, Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad…» (Anales, 15:44:2-3)

A fines del siglo I, el sirio Mara ben Sarapión se refirió así a Jesús en una carta a su hijo: «¿Qué provecho obtuvieron los atenienses al dar muerte a Sócrates, delito que hubieron de pagar con carestías y pestes? ¿O los habitantes de Samos al quemar a Pitágoras, si su país quedó pronto anegado en arena? ¿O los hebreos al ejecutar a su sabio rey, si al poco se vieron despojados de su reino? Un dios de justicia vengó a aquellos tres sabios. Los atenienses murieron de hambre; a los de Samos se los tragó el mar; los hebreos fueron muertos o expulsados de su tierra para vivir dispersos por doquier. Sócrates no murió, gracias a Platón; tampoco Pitágoras, a causa de la estatua de Era; ni el rey sabio, gracias a las nuevas leyes por él promulgadas

Más adelante, en la segunda mitad del siglo II, el escritor Luciano de Samosata, oriundo de Siria, se refirió a Jesús en dos sátiras burlescas (“Sobre la muerte de Peregrino” y “Proteo”). En la primera de ellas habla así de los cristianos: «Después, por cierto, de aquel hombre a quien siguen adorando, que fue crucificado en Palestina por haber introducido esta nueva religión en la vida de los hombres… Además su primer legislador les convenció de que todos eran hermanos y así, tan pronto como incurren en este delito, reniegan de los dioses griegos y en cambio adoran a aquel sofista crucificado y viven de acuerdo a sus preceptos

 

El Ministerio

Jesús llama a los hombres a que vivan de la forma como viven los hijos del universo: en moral, ética, salud, armonía, confraternidad, amor y altruismo. Este llamamiento implica un cambio personal el cual ha de manifestarse con la actitud (ejemplo), que forma al verdadero hombre, es decir, al hijo de Dios (Juan 1:12, 10:34-35, 11:52, Mat. 5:9, Luc. 20:36, Rom. 8:14-21, 9:8, Gál. 3:29, Ef. 5:1, Filip. 2:15, 1ª Juan 3:1.2, 10, 5:2). Si bien, una vez comprendido esto, Jesús espera que esta persona comparta lo que sabe y ha entendido (Rom. 6:4). Pero esto no era lo único en lo que se centraba su labor. Comenzó sanado y enseñando que el Reino de los Cielos se había acercado (Mat. 3:13 al 4:17). Para iniciar este ministerio fue al bautismo de Juan, luego al desierto 40 días y, posteriormente, se mudó a Qpar-Najum (Cafaraún). ¿Por qué le era necesario hacer todo esto? Porque existe una oposición a que la raza humana sea liberada de la esclavitud y rompa sus ataduras que no le dejan evolucionar espiritualmente, y es dirigida por remotas fuerzas de oscuridad (Ef. 6:12). A sabiendas de esto, Jesús dio unas enseñanzas concisas a sus discípulos instándoles a que continuasen con esa cadena:

•        Amar a Dios, y hacerlo por encima de todo (Luc. 10:27).

•        Amar al Hijo de Dios (1ª Juan 5:1)

•        Amar al prójimo (Rom. 13:9).

¿En qué modo se desarrollaría esto? Los discípulos entendieron y pusieron en práctica que sólo con Jesús podría conseguirse una verdadera salvación (2ª Tim. 2:10) y se podría tomar parte de un colectivo que trascendería este mundo (Rom. 12:5), empezando por cambiar su vida presente. En otras palabras, habría que comenzar a trabajar para una institución que presentaba una vida sobrenatural fundamentada en la fe (Hech. 8:13, 19:11 y 2ª Cor. 12:12), cosas sobrenaturales, imposibles para el hombre (Marc. 10:27). El orden de cambio, de adentro hacia afuera, sería:

•        Orar (Luc. 21:36) por tomar el camino correcto, e interceder por otros (todo esto siempre sujeto a Jesús).

•        Dar ejemplo como ser humano, cumplir los 10 mandamientos, ser laborioso, amar abnegadamente y perdonar toda ofensa (Mat. 5:48).

•        Orar por el Espíritu que viene de parte del Padre, de modo que nos  transforme hacia el camino correcto a la pareja, la familia, los amigos y lo que está alrededor (1ª Cor. 7:16), camino a la z Luz de la perfección.

•        Conocer plenamente la historia de Jesús y sus enseñanzas para ser capaz de redargüir y llegar al prójimo, aún si está convencido de conceptos materialistas que no le llevarán a esta salvación mesiánica que Cristo promete (2ª Tim. 3:16).

•        Conocer el ministerio de los apóstoles para empezar a trabajar plenamente en los objetivos y desarrollar las facultades y talentos (Sant. 2:18 y Mat. 7:16-20).

•        Preparar discípulos con el mismo orden (Mat. 28:19).

 

El Cuerpo y los objetivos

Para hacer parte del Cuerpo hay que tener un cambio sincero de actitud y una voluntad firme para nacer de nuevo, pues el bautismo de arrepentimiento y de compromiso es el primer paso:

•        Aceptar a Jesús en el corazón (Juan 3:18) realmente, considerarlo Señor de nuestra vida y aceptar su liderazgo poniendo nuestro enfoque “arriba” (Col. 3:1).

•        Vivir según los mandamientos, de modo que seamos templo del Espíritu Santo, por medio del cual se nos dará la instrucción de “arriba”, para saber distinguir entre lo que es correcto y lo que es incorrecto, y para que él nos lleve al conocimiento de todas las cosas inaccesibles (Juan 16:13).

•        Instruirse en todo, educarse, formarse y capacitarse como lo haría un soldado (Ef. 6:11-13).

•        Comprometerse en la Institución que Cristo ha venido formando por más de 2000 años –porque ya muchos creyeron en él ANTES siquiera de que llegase. Esto es por medio de alguien que ya esté dentro que le “sumerja” (Hech. 8:16) con el símbolo del agua (testimonio ante la creación).

•        Desarrollar los dones y talentos naturales y espirituales (Rom. 12:6-8 y 1ª Cor. 12:1-10).

•        Perfeccionarse y formar discípulos con los mismos conceptos y bajo los mismos parámetros (Mat. 28:19, 1ª Pe. 3:8, Rom. 15:5 y 2ª Cor. 13:11).

 

Frederick Guttmann R.

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