La Tierra Plana. Los Antiguos No Creían que la Tierra fuese Plana – 2/2

LA GRAN MENTIRA SOBRE LA TIERRA PLANA: LOS ANTIGUOS NO CREÍAN QUE LA TIERRA FUESE PLANA

Parte 2/2

Frederick Guttmann R.
Miércoles 29 de febrero, 2017

Los 4 Ángulos y Cimientos

Se ha interpretado que los antiguos veían la tierra como una planicie sostenida por 4 puntos, lo cual es una percepción errada de «los cuatro rincones cardinales» (7º Fargard, Avesta de Zoroastro). Para los sabios, el número ‘4’ representaba el apoyo o sustento, y por tanto el “equilibrio”. Los hebreos hablaron también de «los cuatro confines de la tierra.» (Isaías 11:12, RVA 60), así como Enoc miles de años antes de ellos. Pero, ¿qué eran esos “confines” de la Tierra? La propia biblia se responde a sí misma: «…entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.» (Mar. 13:27, R60) Era la manera de referirse a los puntos cardinales. Igualmente respecto de Job 26:7 se ve que de siempre los pueblos han sabido distinguir dichas orientaciones: «Él extiende el norte sobre vacío, Cuelga la tierra sobre nada.» ¿El norte sobre el vacío? El norte terrestre no solo parte del misterioso campo magnético de la Tierra, sino de un “norte estelar”, que parece que era muy conocido por los pueblos antaño. Las menciones a los cuatro ángulos del cielo y de la tierra eran relacionadas con las constelaciones.

Los babilonios y egipcios eran algunos de los entendidos respecto de este tema, y de los cuales más se ha hecho eco. Los mapas estelares muestran a cuatro seres semejantes a ‘Heh’ o ‘Huh’ que sostienen el cielo, y que corresponden con las estrellas Polaris (norte), Canopus (sur), Vega (este) y Sirio (oeste). Los hebreos las llamaban “vientos de la tierra” o “ángulos de la tierra”, y se referían a ellos como “pilares” o “columnas” (en su caso la palabra hebrea ‘Masad’ (que en el texto es plural femenino, ‘Misdut’) se refiere a las bases, estructura, cimiento o  soporte), ya que – así como el resto de pueblos – consideraban que todos los planetas y estrellas se sostenían unos a otros (por lo que hoy conocemos como “leyes de la física”). Los mismos se asocian con los “ángulos del cielo” basados en los astros de la eclíptica, Escorpio, Leo, Tauro y Acuario. La eclíptica no es solo seguida por la Tierra – y demás planetas a propósito del Sol – sino que es la trayectoria del nuestro astro rey respecto de las constelaciones del zodiaco. Ese sería el punto “ecuatorial” desde el cual se estima el norte y el sur (para los hebreos, ubicados en el hemisferio norte, era más común familiarizarse con el norte, que usualmente, por la precesión de los equinoccios, variaba entre las estrellas de la Osa Menor, Lira y Draco).

En consecuencia, se puede decir que muchos de los descubrimientos astronómicos modernos eran ya sabidos en el pasado, e incluso iban más allá, profundizando en ciencias sobre la existencia de otras dimensiones o planos (los ‘loka’ y ‘talas’ del hinduismo). Eso es a lo que muchos podrían haberse referido con el Hades; un mundo en otra dimensión o plano debajo de la Tierra, y que seguiría el patrón esférico: «Ahora bien, la fosa del mundo es una redondez a manera de esfera, […] cuanto más alto subas dentro de ella para mirar hacia abajo, desde allí no podrás ver su fondo, […] de donde su fondo o parte, si es que una esfera tiene fondo, lo griegos llaman Hades, del griego “idein” que significa “ver”, porque no se puede ver el fondo de una esfera. Por donde a las formas sensibles también se las llama “ideas” porque son conceptos visibles. Por el hecho pues de que no se pueden ver, porque están en el fondo de la esfera, los griegos llamaron Hades lo que nosotros Infiernos.» (De Hermes a Asclepio. Vers. 18. Corpus Hermeticum)

En consecuencia, de cualquier tema que se hable, se encontrará uno con que pocos leen realmente los textos antiguos, y más bien suponen cosas basadas en las suposiciones de terceros. Sería peculiar llegar a encontrar una verdadera fuente que describiese que la tierra era plana, que finalizaba en un precipicio o que no era redonda, y si a eso añadimos que la propia biblia habla incontables veces del ‘Tebel’, que no es Tierra sino mundo, la estimación de esta verdad se hace más consecuente. Gran parte de las veces no dice “Tierra” (en hebreo, ‘Aretz’), sino ‘mundo’ (en hebreo ‘Tebel’). Para nosotros en occidente y en la actualidad Tierra y Mundo a veces hasta son sinónimos, pero en la antigua cultura hebrea no eran lo mismo. Tebel se refiere a las cosas creadas, lo cual puede hasta englobar la creación en sí en todo el universo. Queda a juicio de cada cual interpretar a qué se refería, pero el hecho de que no dijese Aretz es que no se refería a la Tierra como superficie sólida o seca, y la descripción misma, además, recuerda a otros textos antiguos, como los mesopotámicos o celtas, que dicen que en los orígenes del mundo la Tierra fue impactada por otro cuerpo estelar y se rompió en pedazos. Por la acción de la gravedad volvió a unirse y a formarse esféricamente. Por otras vías, y supongo que sin conocer de estas fuentes, hay geólogos y científicos de otros campos que han postulado teorías sobre un incidente así antes del Cámbrico.

Los Planetas

Además de que la Tierra no era entendida como plana, y que la idea de mundo tampoco lo era, lo mismo se puede decir de la visión que poseían de los otros planetas, a los cuales sabían diferenciar del resto de estrellas aunque fuesen meros puntos en el tachonado celeste. Los antiguos conocían que la Tierra era una esfera más, parte de un conjunto de entre 7 y 9 que giraban alrededor del Sol: «Nueve son los mundos…» (Tablas Esmeralda de Thoth. Tabla IX) No fue sino hasta Johannes Kepler que se profundizó sobre las ideas de las rotaciones y traslaciones planetarias, e incluso con Galileo y Copérnico salieron a la palestra nuevas afirmaciones de que los planetas no eran estrellas, y que los tales giraban en torno a estrellas: «…‘las palabras “Sol”, “Luna”, etc., a las que se las designa como dioses, se utilizan aquí con el sentido de meras esferas de luz.» (Brahmasutras 1.3.32) Este texto hindú agrega: «Al descender de la esfera de la Luna, el alma va haciéndose parecida al éter…» Es irónico que hubiese un conocimiento tan amplio sobre los astros en el pasado, y a más atrás nos remontamos, parece que el saber era mayor. Ese es el caso del profeta Enoc, un personaje antediluviano que describe el tránsito del sol, las fases de la Luna, el orden de los planetas del sistema solar y más cosas imposibles para su tiempo (salvo que hubiese sido llevado en una nave espacial a verlo, o que en ese entonces quedasen vestigios de una avanzada ciencia y culturas que posteriormente fueron menguando hasta desaparecer).

Del propio Jesús se recogen afirmaciones sobre movimientos de cuerpos celestes que no era posible conocer en ese tiempo, pero si nos remitimos al siglo X a. C., a la época del rey Salomón, nos encontramos con que su sabiduría era realmente lo que se decía de ella, y los templarios habrían sido los que descubrieron en su tumba textos donde habla del Sol, la Tierra, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, y la relación de estos con las plantas, las constelaciones del zodiaco, piedras, los puntos cardinales, las estaciones, los animales, los elementos y con lo que podríamos definir como “seres de otra dimensión” o de otra “esencia”. Pero el saber no se limitaba a los planetas sino a las constelaciones del zodiaco, que eran las mismas para todas las culturas, variando solo en determinadas apreciaciones. Eso quiere decir, que conocían sobre el viaje de la eclíptica y la relación de las estrellas que conformaban dichos cuerpos con el Sol y la Tierra.

Pero remitiéndonos al aspecto planetario, muchas de las tesis modernas que juzgan las creencias de los ancestros caen por su propio peso al compararse con todos estos hechos, y una vez más dejan patente que la historia contada está retocada y modificada para presentar un relato falso de los acontecimientos y la civilización humana. Hay casos, como el de Tiahuanaco (en Bolivia), donde una construcción de origen desconocido – pero claramente precolombino – fue edificado, no solo en relación a los solsticios, sino a Venus; o en Mali (en África occidental), donde la tribu dogón posee conocimientos y grabados del cielo, especialmente de la estrella Sirio, de la cual incluso ya sabían sus antepasados que era un sistema triple (cosa que no se descubrió sino hasta 1995, siendo que solo se postulo que Sirio sería un sistema doble desde 1844). Pero prosigamos con los argumentos que dejan claro el entendimiento de todos estos pueblos sobre el cielo antes de Kepler: «El Cielo se dejó ver en siete círculos, y se mostraron los dioses en forma de astros con todas sus constelaciones […] quedó organizada con los dioses que había en ella; y el orbe, en su periferia, giró en redondo en el aire, conducido en su curso circular por el espíritu divino.» (Tratado XVII, verso 2. Corpus Hermeticum) Hermes comenta con anterioridad: «Alrededor del Sol gravitan las ocho esferas que de él dependen: una la de las estrellas fijas, siete de las errantes, y de éstas una gira en torno de la Tierra.» (Tratado XV, Corpus Hermeticum)

 

Uno de los casos que más impresionó a los investigadores, fue el del zodiaco de Dendera (fechado por unos solo del 50 a. C., mientras por otros del 2.500 a. C.), en el cual se ve en cielo en forma “circular”, soportado por 4 deidades en 4 esquinas (los 4 ángulos del cielo), la representación de las 12 casas zodiacales, los típicos 36 decanos de la astronomía egipcia (que representan astros de primera magnitud), las 48 constelaciones de Ptolomeo, los puntos cardinales, la implicación de la precesión de los equinoccios, datos sobre los eclipses, y, evidentemente, los 5 planetas que son visibles desde la Tierra. Cuando Enoc hace miles de años en sus viajes por el cielo (espacio exterior) – si le llevaron ángeles u extraterrestres, es ya otro punto de discusión – describió los planetas del sistema solar y sus órbitas, narró: «Y en el yom cuarto ordené que hubiesen los luminares los grandes en los círculos de los Cielos. En el primer círculo, el más alto coloqué la kojab Shabetai (Saturno), en el segundo arriba coloqué a Noga (Venus), en el tercero Maedím (Marte), de cuarto Shemesh (el Sol), de quinto Tzedek (Júpiter), de sexto Kokeb (Mercurio), de séptimo Iareaj (la Luna); y en [ellos] las kojab pequeñas, bellas-brillantes esas las voladoras, las menores.» (2ª Enoc 30:3-4. Cotejado con las fuentes de los Manuscritos del Mar Muerto)

No solo identifica a estos planetas sino a sus pequeñas ‘kojab’ (satélites, lunas), de las cuales no se empezó a saber oficialmente sino hasta el siglo XVII (desde 1610, cuando Galileo observó las grandes lunas de Júpiter, seguido de Huygens, quien hizo lo suyo desde 1655 con las más grandes de Saturno). Pero el verso del libro segundo de Enoc incluso añade que «el Sol debe ir por todo el círculo [de las constelaciones] del zodiaco» (vers. 6), cosa que supuestamente era imposible de saberse en aquel entonces. Pero además, respecto de estos cuerpos espaciales, añade que siguen la «ley de sus horas conforme a su rotación», haciendo un comentario de tal envergadura incluso antes de Aristarco (siglo II a. C.) y las primeras teorías sobre los “tiempos” distintos que plantea la física cuántica, y que postuló Einsten en su Teoría de la Relatividad. Según los rollos del Qumran, en el cap. 32, versos 24-25, Enoc define a estos cuerpos como «siete círculos», y su apariencia visual (en una época sin telescopios), «formando algo parecido al cristal, a la vez húmedo y seco, esto es, el vidrio, el hielo…» Y, como en otros pasajes, incluso añade que dichos planetas – como en la Tierra – poseen también «los otros elementos.» Interesante, considerando que sin la invención del espectroscopio en 1859 no se podría saber la composición de los planetas (que además no se habían distinguido de las estrellas – salvo en el movimiento – hasta hacía unos siglos). De paso comento que a Enoc también se le mostraron las órbitas planetarias (cada una a su distinta escala), y que estos planetas estaban entre la Tierra y los otros cuerpos de la eclíptica: «las 12 constelaciones del círculo del firmamento, cuales están sobre el Séptimo Cielo. Y yo mismo indiqué a cada cual [era] su camino, a las siete kojabim, cada una en su cielo para que así avanzaran.» (1ª Enoc 21:7)

Otro manuscrito, también del ya mencionado Salomón, comenta sobre ciertos profetas que fueron sacados vivos de la Tierra: «…ellos regresan a la tierra después de recorrer todas las esferas de nuestro sistema solar. Es por eso que el retorno de Enoc y Elías precederá al segundo advenimiento de Jesús.» (Clavículas de Salomón, Los Espíritus) ¿Cómo es que Salomón habla de Jesús, si faltaban casi 900 años para su nacimiento? Este es otro tema a discutir, pero el punto es que el modelo de pensamiento moderno que subestima a los antiguos cuando conviene, y  los admira cuando conviene, solo parte del interés en fortalecer un paradigma aceptado. En una ocasión narran los primeros cristianos: «Y Jesús no había anunciado todavía a sus discípulos toda la emanación de todas las regiones del gran invisible, […] y sus creaciones, y su vivificación, y sus arcontes, y sus ángeles, y sus arcángeles, y sus decanos, y sus satélites, y todas las moradas de sus esferas.» (Evangelio de la Verdad 1:5) Este texto fue salvado de la destrucción decretada por Teodosio I en el Primer Concilio de Constantinopla (381 d. C.), y con él hay al menos otros 45, entre los que se haya uno sin nombre que es otro de los que cuenta cómo se formó la Tierra y el sistema solar: «Luego de Justicia creó el hermoso paraíso más allá de la esfera de la luna y la esfera del sol, la tierra del placer que se encuentra en el este, en las rocas.» (Sobre el Origen del Mundo) La palabra ‘Justicia’, en hebreo es ‘Tzedek’, que es el nombre hebreo del planeta Júpiter.

Hablando sobre el movimiento de los cuerpos del sistema solar, también el texto anterior, recogido por Valentino, reza: «Y Jesús dijo a sus discípulos: Cuando la esfera gire y sea mudada, de manera que Cronos y Ar[i]es lleguen junto a la virgen de la luz, y Zeus y Afrodita lleguen a la virgen, girando en sus órbitas…» (Evangelio de la Verdad 63:5) Cronos es el nombre romano de Saturno, Ares es el nombre romano de Marte, Zeus es el nombre romano de Júpiter. Habla más veces de Venus: «…la esfera que se llama Afrodita» (54:14). Afrodita es el nombre griego de la diosa romana ‘Venus’. Más veces menciona a Mercurio: «Y estos cinco arcontes se llaman así en el mundo: el primero, Cronos; el segundo, Ar[i]es; el tercero, Hermes el cuarto, Afrodita, y el quinto, Dios.» (52:9) Al decir ‘Dios’, el traductor se refiere a ‘Theos’, en griego, que era la manera de llamar a Zeus (Júpiter).

Era muy agudo el saber del maestro Jesús sobre el tema que para aquel entonces solo manejaban los magos y los más sabios, estudios y entendidos: «Y había también allí un sabio hábil en astronomía. Y preguntó a Jesús: ¿Posees nociones de astronomía, hijo mío? Y Jesús le respondió, puntualizándole el número de las esferas y de los cuerpos celestes, con sus naturalezas, sus virtudes, sus oposiciones, sus combinaciones por tres, cuatro y seis, sus ascensiones y sus regresiones, sus posiciones en minutos y en segundos, y otras cosas que rebasan los límites de la razón de una criatura.» (Evangelio Árabe de la Infancia 51:1-2. Biblioteca Ambrosiana. Italia) Sea cual sea el texto que se recoja, dejará a la luz la percepción de los pueblos que nos han precedido como algo que solo pudo venir de una fuente avanzada: «… ¿cómo puedes tú entender los circuitos celestes?» (Testamento de Job 9:23) Los libros de la biblia tratan muchos temas sobre los astros, así como respecto de constelaciones tales como Pléyades, HíadesOrión, el zodiaco y otras constelaciones de Ptolomeo como la Osa, del mismo modo que sobre estrellas importantes, a saber Arturo, o planetas como Venus. Si se distinguen las 12 constelaciones del zodiaco, dentro de las 48 descritas por Ptolomeo, es que entonces se conoce del la eclíptica sola, que es el viaje del sol a través de estas constelaciones. «…vi los ruaj que hacen girar y que conducen por las órbitas del sol y de los astros en sus estancias» (1ª Enoc 18:4)

Zoroastro escribió: «Patentes están vuestros engaños, a causa de los cuales se os conoce en la Tierra séptuple.» (Yasna XXXII, Avesta) Otro caso importante de sacar a la palestra es de los registros celtas: «El cielo y la tierra y todas las esferas de los infinitos espacios están llenos de Su Espíritu.» (Kolbrin, Himno del libro de las Canciones). Este texto añade sobre Dios, que es «Hacedor de todo lo que existe en todas las esferas de arriba y abajo…» (Himno del Atardecer) Los vedas, en la India, también manejaban estos temas: «…arranca las luces del día y de la noche de sus esferas en el cielo azul.» (Ramayana, siglo III a. C.) Los oráculos de Delfos, los misterios eleusinos, el culto a mitra… donde se quiera ver, nunca se verán ideas que apoyen argumentos que hagan parecer a aquellos pueblos como trogloditas: «…las risueñas esferas de la bóveda zodiacal, Aries, Tauro, Géminis y, tantas estrellas como Regentes [de] horas con ellos en el cielo…» (Oráculos Sibilinos. Libro XIII. Vers. 90)

Viaje del Sistema Solar

Como habremos leído, otro argumento recurrente que se cree sobre los antiguos es que pensasen que el cielo era una bóveda, y que los cuerpos celestes eran los que se desplazaban alrededor de la Tierra. La propia idea del mundo estático es errada, pues ya sabían que el conjunto del orbe y el sistema solar se movían, y lo hacían “hacia el norte”, es decir, en dirección a las constelaciones polares: «El extiende el norte sobre vacío, Cuelga la tierra sobre nada.» (Job 26:7) Hay que recordar que de siempre los pueblos han sabido distinguir las orientaciones cardinales. Los hebreos las llamaban “vientos de la tierra” o “ángulos de la tierra”. Los mismos se asocian con los “ángulos del cielo” basados en los astros, como dije anteriormente. La referencia para esto es la eclíptica, que no solo sigue la Tierra y demás planetas respecto del sol, sino que es la trayectoria del astro rey respecto de las constelaciones del zodiaco. Ese sería el punto “ecuatorial” desde el cual se estima el norte y el sur. Para los hebreos, ubicados en el hemisferio norte, era más común familiarizarse con el norte, que usualmente, por la precesión de los equinoccios, variaba entre las estrellas de la Osa Menor, Lira y Draco.

El texto hebreo de Job 26:7 se transcribe como: «Natah tzafon al-tahu…» La voz ‘Natah’ se refiere a instalarse o desplegarse. El ‘Tahu’ o ‘Tohu’ es la idea de nada, de vacío o vacuidad aparente. Es una alusión al espacio exterior. O sea, la orientación norte se pierde hacia la inmensidad. Pero podría decir también esto sobre el sur o cualquier otra orientación cardinal. La razón es que el sistema solar es un sistema de falange. No corresponde con los modelos gráficos que suelen representarse desde hace mucho. Cada vez más modelos matemáticos y astronómicos están de acuerdo con este mecanismo del sistema, donde realmente el sol estaría viajando detrás de la estrella polar y su grupo, y el resto de vecinos (los planetas de este sistema) le seguirían girando pero a modo de remolino, espiral o vórtice. Además de esto, el sistema se mueve en forma serpenteante rebasando arriba y abajo la eclíptica del eje de la Vía Láctea, al tiempo que la rodea siguiendo a las estrellas del norte polar.

Los actuales modelos de computadores empiezan a estructurar estos nuevos descubrimientos, ya que al ojo son imperceptibles y solo se pueden visualizar calculando los ciclos de miles de años de cada circuito. Empero, el viaje de nuestro sistema, es hacia el norte de nuestro ecuador terrestre y solar, y hace que siempre ‘Sagitario A’ (el centro de la Vía Láctea esté en el horizonte, nunca hacia nuestro norte polar) sea un referente lateral. Dicho de otra forma, viajamos hacia el aparente vacío, ya que damos vueltas dentro de circuitos dentro de otros circuitos (ciclos) como un remolino, como queriendo ser repelidos hacia fuera de la galaxia, pero atraídos al mismo tiempo por las otras fuerzas físicas. Y dado que todos los sistemas se desplazan – como la propia galaxia, tomando como punto de referencia una ubicación teórica estática en el vacío del universo – ningún cuerpo se queda en el mismo sitio sino que sigue desplatándose. En consecuencia, la tierra se desplaza respecto del sol, el sol respecto del las constelaciones del zodiaco, las constelaciones del zodiaco respecto de otro grupo de varios sistemas y estos respecto de la galaxia, pero la Vía Láctea, ella misma, a su vez se desplaza respecto de un grupo local, y ese grupo local posiblemente también respecto de otro.

La postura de que el sistema solar viajase por la galaxia ya era conocida – aunque se haya dicho que se “descubrió” siglos atrás -, pero aún más, la idea heliocéntrica de las órbitas era también conocida, y no solo como un concepto de plano fijo, sino a manera de torbellino, donde el sistema estaría viajando como impulsado hacia la estrella polar a 70.000 km/h, tardando 226 millones de años en girar en torno al centro galáctico. Es más, siendo precisos, el movimiento no sería heliocéntrico sino helicoidal, idea que fue propuesta recientemente por el científico P. Keshava Bhat (2010), a pesar de que ya aparece bien descrito en textos como el Oahspe (1882).

sistema falange

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