¿Cómo se produjo la Creación? – Génesis Día 4

¿Cómo se produjo la Creación?

Génesis Día 4

 

Una vez transcurridas estas tres eras – desde el origen del universo del que nos narran dichas historias – parece haber llegado el momento en que las grandes esferas lumínicas y planetas comenzaron a fijarse en órbitas específicas. Así describe Henoc este desarrollo: «Y en el yom cuarto ordené que hubiesen los luminares los grandes en los círculos de los Cielos.» (2º Henoc 30:3) Nos habla en hebreo de ‘Jugei’, de la forma ‘Jug’ (círculo), pero, ¿qué son los “círculos” de los cielos? ¿Podría referirse a las cosas “circulares” que hay en los cielos? De ser así, podría estar hablando de planetas y estrellas. Para la astronomía contemporánea, se podría considerar que los “círculos del cielo” pudiesen ser los mecanismos estelares, tales como los movimientos orbitales, los viajes locales de los sistemas estelares, los viajes galácticos de los sistemas locales, la propia rotación galáctica o el movimiento de galaxias locales. En el caso de Henoc, parece describirnos lo mismo que Moisés, hablando de las «meorot ha.gdolim», o “grandes luminarias”. No obstante, ¿por qué dice “grandes luminarias” y no “estrellas” (kokabim)? Las kojabim, o Kokabim, pueden entenderse tanto como planetas como estrellas, pero las Meorot identifican algo más allá de esto, empezando por el hecho de que varios juegos de palabras están aquí implícitos.

El vocablo ‘Meorot’ es un plural de ‘Meoré’, que a su vez deriva de la forma ‘Aor’ u ‘Or’ (luz), por lo que quiere decir que son “portadoras de luz” o “dadores de luz”. Sería más acertado traducirlo como “las que proveen luz” o “las que son luminosas”. Dentro de los propios conceptos fonéticos, Meoré se asemeja a la forma ‘Moréh’ (maestro, profesor), indicando una semejanza con la idea de “guía”. 2ª Esdras 6:45-46 nos dice que «el día cuarto tú ordenaste que el sol debía brillar y la luna daría su resplandor, las estrellas debían estar en orden. Y les diste una carga para el servicio al hombre, que iba a ser hecho.» Aunque ya había quedado claro con los frutos que iba a producir la vegetación, ahora los astros complementaban este trabajo. Pero si la analogía entre estrellas y ángeles ya se entendió que giraba en torno a los yom Uno y Dos, ¿habría también aquí una relación? Podríamos pensar que la Tierra – o “Tierras” – fue provista de rectores para velar por lo que había de ser llevado a cabo, y esto coincide con las referencias que hemos observado en los procesos que tuvieron lugar a lo largo del yom Tercero. Ergo, asimismo nos parece decir directamente que tanto el Sol, como la Luna y las “estrellas” fueron “fijadas” por una ley. Estos dos textos no nos dicen que estos cuerpos fueron creados, sino que se les mandó hacer su “trabajo”: iluminar. Esto hace suponer que dichos astros existían previamente pero no habían iniciado su labor.

וַיֹּ֣אמֶר אֱלֹהִ֗ים יְהִ֤י מְאֹרֹת֙ בִּרְקִ֣יעַ הַשָּׁמַ֔יִם לְהַבְדִּ֕יל בֵּ֥ין הַיּ֖וֹם וּבֵ֣ין הַלָּ֑יְלָה וְהָי֤וּ לְאֹתֹת֙ וּלְמ֣וֹעֲדִ֔ים וּלְיָמִ֖ים וְשָׁנִֽים׃

 

Moisés escribió en Génesis 1:14, «ve.iamer Elohim iehi meorot ba.rakia ha.shamaim lehabdil bein ha.laila ve.haiu leotot ve.lemoadim ve.leiamim ve.shanim», y si entendemos que el tiempo y el espacio gira en torno a la existencia de masas, este pasaje afina a la perfección, ya que sostiene que se dijo que debía haber Meorot en el firmamento, o espacio, de “los” cielos – hablando en plural – con la finalidad de “separar” la Laila (noche) y ser “signos” para los “iamim” (días, ciclos, eras, eones) y “shanim” (años). Las posiciones de estos cuerpos “dividirían” la oscuridad y definirían los ciclos del tiempo. Pero, ¿por qué dice “rakia ha.shamaim” (firmamento de los cielos)? Si hay un cielo superior y otro definido como nuestra atmósfera, ¿cuál es la Rakiá de esos shamaim? Definitivamente el espacio – o “vacío” – que hay en todos los cielos, cosa que nos refuerza la idea ya aceptada de que el cielo está lleno de sistemas estelares, y vuelve a enfatizar en que los cielos son los lugares que abarcan el infinito.

 

וְהָי֤וּ לִמְאוֹרֹת֙ בִּרְקִ֣יעַ הַשָּׁמַ֔יִם לְהָאִ֖יר עַל־הָאָ֑רֶץ וַֽיְהִי־כֵֽן׃

 

En el relato de Moisés parece englobarse a todos los cuerpos celestes como ‘Meorot’, por lo que entran en la descripción el ‘Shemesh’ (sol), la ‘Iareja’ (Luna) y las ‘Kojabim’ (estrellas, planetas). Ahora bien, ¿este patrón se repite por todo el universo o solamente en nuestro sistema solar? Siendo metódicos en el análisis, debemos considerar que el nombre ‘Sol’ es nórdico, mientras ‘Shemesh’ deriva del acadio ‘Shamash’, y éste del sumerio ‘Utu’ (los griegos lo denominaban ‘Helios’, y no estaban muy errados, toda vez que el sol supuestamente se mantiene incandescente debido a la fusión de helio). El vocablo ‘Shamash’ o ‘Shemesh’ quiere decir “identifica fuego” o “quien tiene por nombre el fuego”, aún Henoc dice que también recibe el nombre de ‘Ur-Jamá’ (‘luz ardiente’ o ‘luz caliente’). Por su parte, se denomina ‘Iareja’ o ‘Iareaj’ a la Luna por la definición del “mes”, mientras según Henoc ésta tiene también el nombre de ‘Lebaná’ (blanca), y se la llama Iareaj por definir los ciclos de 30 días que separan el año en 12 partes. Entonces el Sol fija las 12 horas del día y el tiempo de un día total (24 horas), la Luna con sus fases las etapas del mes, mientras los otros astros definen los otros ciclos: los planetas de nuestro sistema marcan las eras y etapas más detalladas de ciclos más largos y encriptados, mientras los grupos estelares que llamamos ‘constelaciones’ definen los otros, y además, las eras aún más largas y el viaje total del sol, o el ciclo completo solar.

Empero, los astros definen el tiempo, pero además iluminan la Tierra. 2ª Henoc 30:4 dice: «En el círculo, el primero, el más alto coloqué la estrella Shabetai, en el segundo arriba coloqué a Noga, en el tercero Maedim, de cuarto Shemesh, de quinto Tzedek, de sexto Kojab, de séptimo Iareaj; y en las estrellas, las pequeñas, las espléndidas, esas las aéreas, las últimas-finales.» Estos son los nombres hebreos de los planetas de nuestro sistema solar hasta 1780, cuando se descubrió Urano, y luego Neptuno en 1846. Shabetai es Saturno; Noga es Venus; Maedim es Marte; Shemesh es Sol; Tzedek es Júpiter; Kojab es estrella y, asimismo, el nombre que recibe Mercurio; Iareaj es Luna. Este orden que Henoc da es extraño, ya que no corresponde con la secuencia de tamaños de estos cuerpos ni su ubicación en el sistema solar, por lo que podría referirse a su estado inicial. Lo que sí es evidente es que si antes nos preguntábamos por esos “círculos” de los cielos, estos 7 cuerpos espaciales iban distribuidos de mayor a menor en ese orden. Además de que nada se dice de Urano y Neptuno – al menos hablando de aquella era de la creación del sistema solar – se menciona a otras “estrellas” o “planetas” que son “pequeños” – lógicamente en relación a los anteriores -, descritos como “espléndidos” que se hallan “al final”, o que son los “últimos”.

No está claro si nos habla de exo-planetas, de planetas enanos del sistema solar y/o de satélites naturales, pero dice que son de ‘ha.Avir’ (del aire). No tendría sentido que estuviese insinuando que hay planetas o estrellas pequeñas en nuestra atmósfera, pero si recordáis las tesis en ‘La Rebelión de Sakla III’ y ‘Trascendencia’, podréis recabar los datos sobre las “regiones del aire”, que es la manera de referirse al espacio exterior más cercano a nuestro orbe, es decir, lo que en cierta medida podríamos definir como los primeros cielos de la Tierra. Los pueblos antiguos se referían al espacio de la Esfera estelar como las regiones del aire, y que podríamos decir que es todo aquello que, incluida la Tierra, engloba el espacio que llega más allá de las 12 constelaciones del zodiaco y los 36 decanos. Sea que se refiera a cuerpos de este sistema, o a las constelaciones (a las que definiría como “pequeñas” por la distancia – siendo una conclusión honestamente ridícula -), el hecho es que engloba a todos estos astros. La mención de Moisés en Jubileos 2:8-11 tampoco da demasiados detalles de más: «Y el cuarto día que creó el sol y la luna y las estrellas, y ponerlos en la expansión de los cielos, para dar luz a toda la tierra, y en el día y la noche, y dividir la luz de las tinieblas. Y Dios designó el sol para ser un buen signo en la tierra por días y para los días de reposo y durante meses, y para celebraciones y durante años y años de días de reposo y para aniversarios y para todas las estaciones del año. Y que separa la luz de las tinieblas [y] de la prosperidad, que todas las cosas puedan prosperar y crecer disparadas sobre la tierra. Estos tres tipos hizo el cuarto día.»

ויַּ֣עַשׂ אֱלֹהִ֔ים אֶת־שְׁנֵ֥י הַמְּאֹרֹ֖ת הַגְּדֹלִ֑ים אֶת־הַמָּא֤וֹר הַגָּדֹל֙ לְמֶמְשֶׁ֣לֶת הַיּ֔וֹם וְאֶת־הַמָּא֤וֹר הַקָּטֹן֙ לְמֶמְשֶׁ֣לֶת הַלַּ֔יְלָה וְאֵ֖ת הַכּוֹכָבִֽים׃

 

El verso 16 de Génesis 1 dice, «ve.iás Elohim et-shnei ha.morot ha.gdolim et ha.maor ha.gadol lememshelet ha-iom ve.et-ha.meor ha.katan lememshelet ha.laila ve.et ha.kokabim», cita que reza que la mayor Meorá tiene por objetivo señorear o gobernar sobre el Yom (eón, día), mientras la menor lo tiene sobre la Lalila (noche). Estas dos son las Meorot clave, y luego ya están las kokabim, que, como hemos visto, definen el resto de meorot, sea planetas o estrellas. Como se ve en la siguiente cita que dice «ve.iten otem Elohim ba.rakia ha.shamaim lehair al-ha.aretz», observamos que fueron designados para “iluminar” sobre la Tierra, y así como en el texto de Henoc, hallamos el vocablo ‘Air’, pero interpretado como la conjugación de la forma ‘Aor’ (luz), en el sentido de iluminar, por lo que tendría un doble significado: región del aire e iluminar (tengamos presente que las estrellas y la Luna iluminan el cielo nocturno – especialmente Selene por su cercanía y en consecuencia por su volumen -, aunque no la Tierra, pero el Sol sí, ya que dada su cercanía los fotones golpean toda la atmósfera iluminándola, de manera que producen el efecto de “luz del día”). Moisés dice, pues, en caracteres hebreo, éste en el vero 17:

 

וַיִּתֵּ֥ן אֹתָ֛ם אֱלֹהִ֖ים בִּרְקִ֣יעַ הַשָּׁמָ֑יִם לְהָאִ֖יר עַל־הָאָֽרֶץ

 

2ª Henoc 30, por su parte, agrega: «Y custodia sobre los Cielos para iluminar el Día y sobre la Luna y sobre las estrellas para alumbrar sobre la Noche. Y el Sol debe ir por todo el círculo [de las constelaciones] del zodiaco; y 12 circulan el zodiaco giran [en torno] a la Luna; y obran de acuerdo al significado de sus nombres y truenan conforme al círculo del zodiaco que está frente a ellos, y [la] ley de sus horas conforme a su rotación.» (Vers. 5-6) Es fascinante ver que ya en ese entonces se supiese que el sol realiza un viaje alrededor de las constelaciones, ya que es un concepto que sería difícil saber sin un sistema computarizado, toda vez que consiste en un ciclo de 2.150 años por cada casa, siendo en total de cerca de 25.800 años (irónicamente este es el tiempo total respecto de la precesión de los equinoccios, y el ciclo que muchos consideran que corresponde con el viaje del Sol alrededor de Alción, que sería la estrella central de las Pléyades, siendo el sol la 8ª de dicho grupo). Como en el caso anterior, Moisés reitera en el capítulo 1:18 que el papel de estos astros reyes es dominar en el Yom y en la Laila, y separar entre Luz y entre Tinieblas, viéndose como algo positivo:

 

וְלִמְשֹׁל֙ בַּיּ֣וֹם וּבַלַּ֔יְלָה וּֽלֲהַבְדִּ֔יל בֵּ֥ין הָא֖וֹר וּבֵ֣ין הַחֹ֑שֶׁךְ וַיַּ֥רְא אֱלֹהִ֖ים כִּי־טֽוֹב

 

Las descripciones que da Henoc sobre las ‘Meorot’ son claramente un tratado de astronomía de miles de años de antigüedad: «Observad todas las cosas que ocurren en el Cielo, cómo las luminarias del Cielo no cambian su camino en las posiciones de sus luces y cómo todas nacen y se ponen (instalan), ordenadas cada una según su estación y no desobedecen su orden.» (1ª Henoc 2:1) ¿Las posiciones de sus luces? Acorde a lo que nos dice este legendario profeta, las Meorot están establecidas en sitios específicos, no en un orden aleatorio, y su intensidad de luz (magnitud) está deliberadamente fijada según una pauta o prerrequisito. Además de esto, Henoc habla de las Meorot como si se tratasen de “conciencias”, no meras esferas de luz (dando por sentado que hablemos también aquí de ‘esferas’), y que definitivamente participan de la realidad existencias e incluso de las determinaciones universales y el derecho libre albedrío: «Rauel» es «uno [de] los malajím (mensajeros), sagrados, el [que] toma venganza del mundo [de] las luminarias». Si las Meorot no tuviesen conciencia o acciones conscientes, ¿cómo iban a hacer algo que llevase al arcángel Rauel ha “vengarse” de ellas, o tomar represalias? Es claro que la estrecha relación entre la idea de Meorot (luminaria, lumbrera) y Kokabim (estrella) con la de Malajim (ángel) es tan estrecha que parece indicar incluso que estas estrellas son una manifestación elevada de conciencia y/o una conciencia en torno a la cual hay conectados y enlazados seres conscientes.

Para quienes dudan de esta relación, e incluso del hecho de que los “cielos” son efectivamente porciones del universo en relación con planos y dimensiones que se entrelazan con lo físico, psíquico y etéreo, Henoc tiene unas palabras muy constructivas: «El ángel Miguel me tomó de la mano derecha, me levantó y me condujo dentro de todos los misterios (secretos) y me reveló […] los secretos de los límites del Cielo y todos los depósitos de las estrellas, de las luminarias, por donde nacen en presencia de los santos. Él trasladó mi espíritu dentro del Cielo de los Cielos y vi que allí había una edificación de cristal y entre esos cristales, lenguas de fuego vivo.» (1ª Henoc 71:3-5) No solo vuelve a hacer diferencia entre Kokabim y Meorot, sino que dice que los ángeles están delante de estas “conciencias” que son creadas, entiéndase en el lugar donde son creadas. ¿Dónde se crean las estrellas y los planetas? A menos de que sean producidas en otro universo y se las escupa a éste, parece notorio que hay una interacción de mundos, y esto se desarrolla en “los cielos” de alguna estancia perceptible.

Otra explicación aún más eficiente es que, como explica el Oahspe, hay astros que tienen doble composición y han sido producidos de los mundos etéreos para iluminar y despertar conciencia en los mundos físicos. Oahspe también aclararía que habiendo 3 esferas de realidad (corpórea, atmosférea o psíquica, y etérea), este tipo de cuerpos espaciales se desarrollarían entre estos niveles (siendo las nebulosas – la cuna de formación de estos astros – de naturaleza atmosférea, o psíquica). En el ‘Libro de las Luminarias del Cielo’, Henoc describe cada secuencia, ciclo y periodo, tanto del Sol como de la Luna, y el establecimiento que tienen y los ángeles que los dirijan para que cumplan su objetivo: «El Libro del Movimiento de la Luminarias Celestiales, las relaciones entre ellas, de acuerdo con su clase, su dominio y su estación, cada una según su nombre y el sitio de su salida y según sus meses, las cuales Uriel, el santo malaj que estaba conmigo y que es su guía, me mostró y me reveló todas sus leyes exactamente como son y cómo se observan todos los años del mundo, hasta la eternidad, hasta que se complete la nueva creación que durará hasta la eternidad. Esta es la primera ley de las luminarias, la luminaria del sol, que tiene su nacimiento en las puertas orientales del Cielo y su puesta en las puertas occidentales del Cielo. Vi 6 puertas donde el sol nace y 6 puertas donde el sol se oculta, y la luna nace y se oculta por esas puertas, así como los líderes de las estrellas y quienes los guían a ellos.» (1ª Henoc 72:1-3)

Luego agrega sobre esta “Lumbrera Mayor”: «Primero allí aparecía la gran luminaria cuyo nombre es Shemesh (el sol) y cuya circunferencia es como la circunferencia del Cielo y está totalmente lleno de un fuego que alumbra y abrasa. El Ruaj lleva el carro en el que él asciende y el sol se oculta y retorna a través del norte para regresar al oriente y es conducido para que entre por esa puerta y brille en la faz del Cielo.» Si la Lumbrera Mayor tiene una “circunferencia” que es equivalente a la “circunferencia del cielo”, esto coincide con la revelación de Sofonías y la de Baruc sobre el viaje de estos caballeros a los cielos, ya que definen tales cielos como “espacios en el espacio”, pero en varias dimensiones, y afirman que la “distancia” de la Tierra al Sol es como el tamaño de ese cielo. Pero, ¿qué parámetro determinaría la magnitud o proporciones de cada cielo? Según parece, la propia esfera planetaria o estrella. Oahspe llama a las astros de etérea, ‘Fotosferas’, e igualmente está de acuerdo con que planetas, estrellas o soles y fotosferas – o a la inversa – son el eje en torno al cual se envuelven dimensiones, una sobre otra, creando lo que podría imaginarse como una capa o manto tan grueso que visto con ojos espirituales a gran distancia, la propia esfera planetaria sería casi como un punto minúsculo al lado de su correspondiente cielo (o cielos dentro de su cielo).

El papel del Sol, como el de la Luna, sería, efectivamente, contrarrestar fuerzas invisibles, energéticas y potenciales, evitando que el caso y la oscuridad, con todos sus poderes sombríos, hagan desaparecer el equilibrio y el orden. Por esa razón vemos descripciones tan aparentemente incoherentes como decir que el sol vigila el día y la noche, siendo que él es el que determina esto. Pero si entendemos que Día y Noche son conceptos, tiene total sentido que el Sol y la Luna tengan su papel estratégico y decisivo en este balance: «Ésta es la ley del recorrido del sol y su retorno, según la cual el vuelve y nace 60 veces, así la gran luminaria que se llama sol, por los siglos de los siglos. La que se levanta es la gran luminaria, nombrada según su propia apariencia, como lo ha ordenado el Señor. Así como nace se oculta, sin decrecer ni descansar, sino recorriendo día y noche; y su luz brilla 7 veces más que la de la luna, aunque al observarlos a ambos tengan igual magnitud.» (1ª Henoc 72:35-37)

Por último, y para no extenderme mucho más, comentaré que la Luna es un “satélite” de referencia respecto de las constelaciones del zodiaco y la Tierra, una influencia electromagnética para los campos de energía de la Tierra, y todo esto, en relación con el control de los poderes y fuerzas que rigen el caos (ya que la fuerza magnética, fotónica y gravitatoria – estando relacionadas – son bloqueos para “puertas” o portales que se abren y se cierran en sus pasos, convergencias, alineaciones, sombras (eclipses) y movimiento, como un gran reloj de engranajes, para permitir el tránsito de unos u otros poderes de los planos de realidad invisibles que mantienen la balanza del cosmos): «Después de esta ley, vi otra ley, que trata sobre la pequeña luminaria, cuyo nombre es luna. Su circunferencia es como la circunferencia del Cielo y el carro en el cual monta y la luz le es dada con mesura; y cada mes su nacimiento y su puesta se modifican; sus días son como los días del sol y cuando su luz es plena, es la séptima parte de la luz del sol.» (Cap. 73:1-3) Si también la Luna tiene la circunferencia semejante a la del cielo, quiere decir que pertenece a este mismo cielo del que se está hablando o, más probablemente, tiene un campo de extensión que en proporción sigue la misma secuencia de los mundos espirituales que están en los planos superiores de las esferas “físicas”.

Un ejemplo de todo esto lo podemos sacar del tratado Pistis-Sofia, donde Valentino nos permite saber palabras del señor Jesús sobre las batallas celestes: «Y sus ángeles, y sus eones, y sus arcángeles, y sus arcontes, y sus dioses, y sus señores, y sus fuerzas, y sus luminarias, y sus antepasados, y sus triples poderes, vieron que yo era luz infinita, al que ninguna especie de luz es ajena.» (Cap. 3:20) En este manuscrito de la Biblioteca de Nag Hammadi se lee que Jesús describe todos los espacios de conciencia y envoltura de cuerpos espaciales como ‘esferas’, y además habla del “firmamento” como un espacio esférico que es limitado a la altura de lo que se podría interpretar como el límite de este sistema solar; luego, otra esfera sería la que engloba a la anterior, siendo algo como un espacio donde residen otros sistemas estelares, y sobre éste, otra esfera, que sería el círculo de las constelaciones del zodiaco. Además de hablar de Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno como conciencias que se interrelacionan con las 12 constelaciones y los 36 decanos, Jesús en este texto es muy enfático al dejar constancia de que todos estos cuerpos celestes son balizas o puntos de partida de las esferas de existencia y del destino, siendo operado todo desde distintas dimensiones: «Y hubiera pasado mucho tiempo antes de que los arcontes de los eones, y los arcontes del Destino, y de la esfera, y todas sus regiones, y sus cielos, y sus eones, hubieren sido destruidos.» (Ev. Valentino 5:7)

Continuar, parte 5/6

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